El sueño de la montaña, por Teté Piqué

Ilustración: Luz Vítolo

Todos los años insisto con lo mismo. Quiero demostrarme que soy sociable y que puedo ser una buena anfitriona, que pasar mi cumpleaños rodeada de gente es algo que me genera placer. Pero es una gran mentira. Padezco los días previos con la preparación de esa magra cena para la que tengo que hacer de mi presupuesto un chicle. Sufro porque puede que nadie venga, demostrando así mi soledad, o que vengan todos y no alcance la comida, dejando en evidencia mi ineptitud como anfitriona. Son muchas las pruebas a las que me expongo al invitar a una veintena de personas a alimentarse a casa, y es obvio que algo tiene que salir mal. En lo que en realidad termino fallando es en la hipótesis inicial. No soy sociable y soy poco amigable, me gusta más estar sola que acompañada. Mi sueño es vivir en una granja orgánica en la montaña, algo de permacultura con gallinas ponedoras correteando alrededor de mis pies. Las personas no me gustan mucho. 

Ese cumpleaños, como todos los anteriores, me paré en frente del ropero con la perra a mis pies auscultando cada movimiento. Repasé las prendas que guardaba para ocasiones especiales, tan especiales que apenas salían a la luz una vez al año y estaban todas llenas de pelo de perro. Las acaricié buscando la indicada para la fecha y me detuve en el vestido rojo. Era de una tela muy suave, color navidad, que compré para usar la última nochebuena. Era simple, pero lo suficientemente corto para lucir bien las piernas, escotado, pero bien agarrado a las tetas para que no se anden saliendo en movimientos desafortunados, y con manguitas sutiles que disimulaban mis brazos de remo. Pero el mejor detalle era el de la soguita al costado. Se cerraba como una bata de baño y se abría igual de fácil. El 24 a la noche, después del brindis, me pasó a buscar Tomás y lo puse en práctica. Ni bien llegamos casa lo abrí y dejé lucir que no tenía nada abajo. Eso lo había vuelto loco. 

Lo elegí y me lo puse, aunque esta vez con ropa interior. Tomás no iba a venir, no estaba invitado, ni siquiera me había llamado. Miré el celular otra vez, nada. En mi casilla de mails solo habían newsletters y promociones, y en Bélgica ya había terminado mi cumpleaños. No teníamos una relación que estableciera que nos teníamos que acordar de nuestros natalicios, no teníamos nada, pero igual pensaba que me debería haber llamado. Nos habíamos despedido en febrero, hace casi tres meses y para su vuelta faltaban seis. Vivía en Bruselas y solo pasaba por Buenos Aires para visitar a su familia en verano y así evitar el invierno europeo. Es que soy friolento, me explicaba y la verdad es que le creía. No tiene ni un gramo de grasa para protegerlo. Es bastante más flaco que yo y encima muy alto, lo que lo hace parecer un palito de escoba.  Me fascinaba.

Nuestra relación se limitaba a esos meses estivales de mucho sexo y a ignorarnos el resto del año. En verdad, él me ignoraba todo el resto del año. Todos mis sueños de irme a vivir a la montaña para hacer permacultura iban acompañados con la fantasía de su imagen a mi lado. Incluso fantaseaba tener un hijo con él, una idea rarísima, ¿cómo iba a tolerar a un hijo si despreciaba a la raza humana? Pero él no quería dejar Bélgica, no quería una relación abierta, ni una a distancia, y yo me limitaba a hacer fiestas de cumpleaños para contarle que mientras él no estaba, tenía vida social.

Con el vestido rojo y bastante maquillaje, recibí esa noche a todos mis invitados acompañada de la perra, que en esas ocasiones se pone muy contenta ya que sabe que va a comer el exabrupto de migas que se generan. No faltó ningún amigo, sobró comida y bebida, y yo me irrité porque la verdad es que me molesta que haya tanta gente en casa. Me molestó que me llenaran  de colillas el patio y que me trajeran cocacola en botellas de plástico, esas que me hacen sufrir porque no puedo reusar. En la fiesta el consumo bruto apremia con tantos regalos inútiles cubiertos de envoltorios que mi compost no traga. Escucho las mismas conversaciones todos los años: las parejas son machistas, los hijos insoportables, los laburos son todos esclavistas, pero nadie se separa, continúan procreando y aferrados a ese jefe psicópata. 

Esa noche, otra vez pensé mal de todos mis amigos y me puse triste porque nadie me quería. Las incongruencias a las que invita el reconocimiento de que viví un año más y no logré nada erantan estresantes que me encontré otra vez, al final de mi fiesta de cumpleaños mirando los platos sucios, el residuo no reciclable que había generado y las caritas del WhatsApp entre las que Tomás no estaba. Por suerte con la edad estas cosas terminan rápido porque a las niñeras se les paga por hora. Después de las velitas hicieron todos bomba de humo. Me despedí del último que ofrecía gentilmente la ayuda que no quería dar y que yo prefería dejar pasar por el placer de retomar el control de mi casa. Vi el piso sucio, a la perra vomitando porque alguien le había dado una empanada, la tapa del inodoro meada, la toalla sucia de maquillaje y el rollo de papel higiénico del que colgaba tímido el último cuadradito. 

Le hice un mimo a la perra que descansaba descompuesta en su alfombrita, después  estrujé, ya más tranquila, la esponja abajo del agua tibia y le puse detergente. Verifiqué que se hicieran burbujitas y empecé a limpiar, como siempre, desde el principio. En eso estaba cuando sonó el portero. Encima los pelotudos se olvidan cosas, pensé malhumorada mientras dejaba la esponja en la bacha, apagaba el agua y me secaba las manos con mi vestido. 

¿Quién es? pregunté seca al telefonito que hace de portero eléctrico mientras  miraba a la perra, que  ni había ni levantado las orejas con el timbrazo.

Tomás —me respondió una voz asombrada del otro lado.

Sostuve el aparato en el oído unos segundos, esperando que alguien me explicara esa confusión. 

—¿Tan rápido te olvidaste de mí? me devolvió la voz.

Tragué saliva para recuperar la humedad de mi garganta que se había quedado seca de un sopetazo.

¿Qué hacés acá?

¿Me vas a abrir? Hace frío.

Ese reclamo me sacó de la parálisis. Agarré las llaves, no era cosa de salir desesperada y quedarme encerrada afuera del departamento otra vez. Caminé esos incomodísimos cuarenta metros que vinculan la puerta de mi departamento con la de afuera. Nunca se si desfilar, bajar la cabeza, correr, sonreír o llorar. Caminé como un preso yendo a recibir la inyección letal, con miedo, culpa y fascinación. Le abrí la puerta mientras repasaba lo fácil que se podía deshacer el nudito de mi vestido. Tomás tenía el pelo corto, no se le veían esos rulos rubios hermosos. Eso significaba que había llegado hace unos días, no se cortaba el pelo en Bruselas el muy rata, esperaba llegar a Argentina que el corte es más barato. No lo había visto nunca en invierno y no le conocía el sweater ni la campera. 

¿A quién esperas tan arreglada? me preguntó mientras empujaba la pesadísima puerta de la entrada, haciendo un escaneo de  todo mi disfraz de anfitriona.

—No es para vos, y no me respondiste. ¿Qué haces acá?Me moría de ganas de verte —e dijo en tono chistoso mientras me besaba la boca.

Acá en Argentina te pregunto, acá en casa ya me imagino.

Te dije, me moría de ganas de verte —amagó a abrazarme, pero lo rechacé.

—No estas autorizado a besarme en invierno —dije y lo dejé pasar—. Mi casa es un lío, pero si me ayudas a limpiar sos bienvenido.

Caminamos el  incómodo pasillo en silencio, pero en la otra dirección. La perra esperaba en la puerta. Le había dado fiaca salir, pero se moría de intriga de ver qué pasaba.

—Entrá, Clemencia, que vas a tener frío —le dije mientras cerraba la puerta—. Estuvo vomitando hasta hace un rato —le expliqué, como si le importara.

—Estoy convencido de que tener un perro es como tener un hijo —me dijo.

—Lo es —admití. 

¿Y acá qué pasó? dijo mirando los restos de la fiesta.

Festejé mi cumpleaños, hace un rato se fueron todos.

¿Es tu cumpleaños?

Además de vivir en Bélgica, era un imbécil, y aunque lo sabía me sorprendía cada vez.

Lo es, treinta y seis añitos desde hace una hora.

¡Feliz cumpleaños! me dijo mientras apoyaba el contenido de sus bolsillos sobre mi piano, como hacía siempre.

Gracias, ¿me trajiste un regalo?

Levantó los hombros y me mostró sus manos vacías, como ese Emoji detestable que insistía en mandarme cada vez que le hacía una pregunta que no tiene ganas de contestarme. Ni por mi cumpleaños, ni un chocolate del Duty Free. Nunca nada.

Ayudame a lavar, aunque sea le dije mientras volvía a la cocina.

Me paré frente a los platos sucios y abrí la canilla otra vez. Levanté la esponja que estaba sobre un plato. Tenía que pensar rápido, o lo echaba o me lo cogía, pero me tenía que decidir ya. Mi cuerpo tomaba esa decisión antes que mi mente, y yo me merecía algo más: la casa en la montaña en una granja orgánica de permacultura con alguien que me trajera un chocolate orgánico del Duty Free, o que por lo menos se acordara de mi cumpleaños. Pero él no, seguro que no.

Fregué obsesivamente el mismo plato con una devoción que nunca tuve por la limpieza, quería ganar tiempo antes de que pasara lo que iba a pasar. Quería demostrarme que era mi decisión, no una decisión. Pero él ya estaba atrás mío. Se apoyaba levemente sobre mi espalda y con su nariz me movía el pelo del cuello y me empezaba a besar. Yo fregaba y fregaba, tenía que pensar. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaba en Argentina en mayo? Faltaban cinco meses y quince días para su vuelta. Esto era inesperado, imposible ¿Tenía yo que ver con eso? Obvio que no. ¿Se le habría enfermado algún familiar?

Entonces, esponja en mano me di vuelta decidida a empezar el cuestionario, pero su lengua ingresó velozmente en mi boca, antes que pudiera dejar salir la primera palabra. La dejé caer, me senté en la mesada, me levantó el vestido rojo, no hizo ni falta desatarlo, y cogimos ahí mismo. A pesar de todos los meses que habían pasado, no estuvo bueno. No pude dejar de pensar en que el agua estaba corriendo y traté, intentando que no se diera cuenta, de cerrar la canilla varias veces y no pude. Apenas terminó, estiré mi mano izquierda y la apagué. Recién ahí suspiré aliviada.

¿Qué haces acá? —le pregunté esta vez después de recuperar el aliento.

¿No es obvio? me dijo mientras se acomodaba despacio la ropa, con esa expresión suya que me derrite, recién acabado y completamente rendido ante mí.

Nada es obvio con vos. 

Como si algo fuera obvio con vos retrucó.

Bueno, nada es obvio con nosotros dejé caer ese nosotros para ver cómo impactaba. Estalló en el silencio. Él se dio la vuelta y fue a buscar su celular que seguía sobre el piano. Me bajé de la mesada y mientras iba al baño le pregunté si se quedaba a dormir. 

Tenemos que hablar, tengo que contarte algo. 

Tomás se sentó sobre mi nuevo sofá, que estaba esperando estrenar con él el 12 de noviembre, pero era 29 de mayo y él no se había dado cuenta de que mi living tenía un elemento nuevo, y quería hablar.

Cuando salí del baño estaba en la puerta esperando para entrar. Le pregunté si quería algo para tomar y me dijo que no. Pasó delante mío y sin cerrar la puerta se sacó el pito y empezó a mear. Me generó un poco de pudor tanta intimidad de golpe y fui a buscarme un poco de vino. Desde el baño me empezó a comentar cómo le disgustaba Buenos Aires en invierno, era oscura y triste, decía. A mí me disgustaba que me hablara desde el inodoro, pero lo dejé pasar y con mi copa llena fui al sillón.

Él volvió, se sentó secándose las manos todavía húmedas en jean. No dijo nada y el silencio era tal que le di un sorbo al vino y se escuchó el líquido escurrir por mi garganta. No hablaba y yo tenía miedo de lo que me iba a decir, así que me paré para poner música, o algo, pero él me agarró de la mano fuerte y me tironeó hasta que me senté otra vez a su lado.

Solo voy a poner música, me estás poniendo nerviosa le expliqué.

Es que no sé por dónde empezar.

Por el principio.

Voy a tener un hijo.

Apreté tan fuerte la copa que tuve miedo de romperla. La apoyé despacio en el piso, me templaba el pulso y el vibrante líquido violeta me iba a delatar.

¡Qué bueno! ¿Con quién? le dije en un tono demasiado agudo, queriéndome hacer la superada, cuando en verdad solo quería taparme las orejas y cantar lalalalalala a los gritos así no escuchaba nada más. Me paré y fui a la cocina. Volví con la botella de vino y un paquete de cigarrillos.

Sabés que odio que fumes me dijo.

Pensé en decirle que lo que yo odiaba era que tuviera un hijo y que no sea conmigo, pero me limité a soltarle el humo en la cara –Bueno, ¿y quién es la afortunada?

No la conoces, es una francesa, la conocí allá.

¿Cuándo?

¿Cuándo qué?

¿Cuándo la conociste?

Hace unos meses.

Ah… 

No es necesario que hagas cuentas, no teníamos nada exclusivo, no le metí los cuernos con vos ni nada de toda esa boludez. Es solo que se quedó embarazada y lo quiere tener y qué se yo, creo que yo también.

No hubo humo necesario ni cantidad de vino que pudieran hacerle frente a esa lanza que acababa de entrar en mi pecho y había salido por el sofá, destrozando esa nueva decoración con mi fantasía de vida de hogar.

—¿Cuántos años tiene?

—¿Qué tiene que ver?

-—¡Todo tiene que ver! ¿Veinticinco?

—Veinticuatro

—Hijo de puta —no se lo dije a él, lo dije al aire. Con el cigarrillo que ya se apagaba me prendí otro—. ¿Y acá qué hacés?

Vinimos a que conociera a mis viejos, dentro de poco ya no va a poder volar.

¿Y ella ahora adonde está? 

En casa, durmiendo. Igual pará, no sé de qué te sirven estos detalles. Yo solo quise venir a verte, a despedirme, por un tiempo no creo que venga a Argentina, o si vengo es con ella y el bebe. Te quería contar yo mismo, eso no tenía que pasar –dijo señalando a la cocina- pero vos sabés como soy y como me volvés loco. Qué se yo, no sé, quería despedirme bien. Sabés que te quiero, pero bueno, las cosas se dieron así.

Para eso momento ya no podía evitar las lágrimas que bajaban y bajaban dejando una mancha oscura en mi vestido de fiesta, que a esa altura estaba tan arrugado que parecía un trapo.

Tampoco mi idea era venir así, sin avisar, es que ella salió a comer con mamá y aproveche para salir a caminar. Caminé varias horas y de golpe me encontré acá, no lo planeé. No pensé que me ibas a atender, pero contestaste casi en seguida y de golpe estabas ahí, con el vestido, y ese olor tuyo, y me olvidé de todo, pero me tengo que ir. Ya debería estar volviendo dijo con cara preocupada mientras se paraba y alisaba un poco con sus manos los pliegues del pantalón. 

Fue hasta el piano, empezó a guardar las cosas en sus bolsillos y se puso la campera. Yo seguía sentada en el sillón mirando a la nada con un cigarrillo apagado en una mano y la copa vacía de vino en la otra. No le dije más nada.

De verdad, me tengo que ir, te pido mil disculpas, hice cualquiera, pero no me puedo quedar volvió a decir ante mi parálisis, un poco nervioso—. No debería haber venido, no sé cómo llegué acá, te iba a escribir, tal vez tomar un café hubiese sido mejor, así no me tentaba, pero de verdad, ahora me tengo que ir. Silencio. Me miró fijo buscando una reacción. Nada.

 —De verdad, necesito que me abras, Romi. Me tengo que ir.

Me prendí otro cigarrillo y terminé lo que quedaba en la botella. Levanté las piernas y las estiré sobre los almohadones. Cerré los ojos. Él se me acercó y me empezó a sacudir el cuerpo. Me repetía que le tenía que abrir. Me quede ahí mientras las lágrimas bajaban por mis cachetes al sillón. Se arrodilló al lado mío y me lo pidió en tono de súplica, me lo pidió por favor.

Abrí los ojos y lo miré. Miré en dirección a la puerta, Clemencia seguía durmiendo en su alfombrita. Me paré y caminé hacia ella. Él me siguió ya más tranquilo. Tomé las llaves, pero en vez de abrir se las revoleé con fuerza. 

—Romina, pará —me dijo evitando el impacto—. Pará de verdad, me tengo que ir, me están esperando. 

No le hice caso. 

—Te estoy hablando en serio, me das miedo. De verdad, no quería que esto termine así.

Recorrí los tres pasos que separaba la puerta con la cocina, me acerqué a la pila de platos y me puse a lavar otra vez sin decirle nada. 

—De verdad, no me quiero poner denso, pero si no me abrís te juro que me pongo a gritar y toco todos los timbres y las puertas de tus vecinos para que me abran.

En ese momento sentí un fuego abrirse por mi garganta y el humo que salía de mis pulmones. Me di vuelta y esta vez le tiré la esponja con agua y detergente, que voló dejando un rastro de burbujitas en el aire, y le grité furiosa:  —¿Querés despertar a mis vecinos? ¡No te preocupes que los despierto yo!

Agarré el plato que estaba arriba de la pila y lo reventé a sus pies. La perra dio un respingo y salió a trote lento hasta al cuarto. Se veía asomar su hocico desde el vano de la puerta de la habitación.

—¿Qué haces loca? —me dijo mientras con sus pies separaba las piezas de loza que lo rodeaban.

—Estoy preparando la materia prima para el cuadrito de mosaicos que te voy a mandar a Bélgica con el nombre de tu hijo- le dije mientras reventaba otro contra el piso. 

Con el segundo lanzamiento sentí destrozar ese intento de anfitriona frustrada y la incomodidad de toda la noche. Me dejé llevar por la velocidad con la que fluía mi sangre, mi cara estaba roja y me sentía a punto de lagar una tremenda carcajada. Estallé otro pensando en las parejas machistas de mis amigas y un cuarto pensando en la que le había dado una empanada a la perra, y estaba por estallar el quinto, pero Tomás estaba casi encima mío agarrándome de la muñeca con mucha fuerza. Me gritó que por favor parara. Con ese por favor vino un sonido indescifrable muy de adentro suyo, un gemido que nunca le había escuchado, y empezó a llorar. “Pará por favor”, lloraba mientras se deshacía y caía de rodillas en el piso, quedando a mis pies, sobre los platos rotos. Apoyó las manos en el piso y largó un sollozo más intenso. Le sangraba la palma, se había cortado con un pedazo de plato. Me agaché sintiendo toda mi sangre detenerse, me acomodé a su altura y le chupé la herida de la mano y la envolví con la pollera de mi vestido para que dejara de sangrar. Su sangre se disolvió en el rojo de la tela. Puso su cabeza sobre mis rodillas y se quedó ahí, llorando. Inclinada sobre él lo dejé llorar y le besé la cabeza y esos rulos podados fuera de temporada. Sentí su pelo envolverme la cara, mientas se aferraba a mis rodillas. Al no escuchar más destrozos, Clemencia reapareció cabeza gacha y rabo entre las patas caminando sobre los restos del desastre y se acostó al lado mío, panza arriba. Ella también quería rendirse ante lo que estaba pasando. 

Sentí la cola de la perra hacerme cosquillas en las piernas. El calor del agua que corría me estaba acalambrando las manos. Estaba hace un buen rato perdida en mis fantasías pasándole la esponja al mismo plato de borde celeste. En increíble que mi propia mente me lleve a lugares tan de mierda. Cerré la canilla y dejé la esponja frustrada sobre la pila de platos sucios. Verifiqué que el motivo del plato no se hubiese desdibujado durante mi ensoñación. La tira celeste del borde seguía ahí, igual que yo, que había cumplido treinta y seis años, que no iba a dejar de trabajar para una petrolera, y la permacultura y la montaña nunca iban a pasar. Tampoco iba a limpiar toda esa mugre sola a esa hora. Tomás no se había acordado de mi cumpleaños, no había estado en mi fiesta, ni me había llamado, ni mandado un mail, ni un WhatsApp. Nunca iba a viajar de sorpresa, por lo menos no por mí. Era 29 de mayo, su avión había despegado el 22 de febrero y para el 12 de noviembre faltaban cinco meses y quince días. Lo mejor era dejar todo como estaba. Me agaché y le hice un mimo a Clemen que estaba tomando agua de su cuenquito, señal de que se sentía mejor. Fui al baño, meé de cuclillas para no tocar al inodoro inmundo y me fui a dormir. Al día siguiente iba a llamar a alguien para que me ayudara a limpiar.