Melatonina

A eso de las siete de la mañana, Ariel me pide que le cuente sobre mis pesadillas. Es la
tercera vez en esta semana que me retorcerme en la cama. Le digo que no pasa nada, que
fue una de las que cada tanto se repiten. Tiene impresas unas ojeras muy oscuras y se
conforma con escucharme vomitar alguna secuencia de eventos sin sentido que
seguramente ya le conté antes para salir del paso. Llevamos dos años juntos y desde la
primera vez que se quedó a dormir en mi departamento sabe que tengo pesadillas casi todos
los días. Es algo que me pasa desde el jardín de infantes y que traté de muchas formas pero
nunca pude erradicar del todo. A veces paso algunas semanas sin recordar lo que sueño, sin
tener la película mental reproduciéndose mientras empiezo mi día, pero por lo general me
levanto sintiendo que mi pecho es un pasillo estrecho. Soy un pichón que despierta al caerse
del nido en una vereda fría y llena de pies que amenazan con aplastarlo.

Vengo con esa particularidad de fábrica y nunca me trajo grandes problemas a la hora de
compartir la cama, pero hace ya varios meses que las pesadillas explotaron en intensidad.
Por mis espasmos y gemidos Ariel a veces cree poder ver el punto exacto donde me
apuñalan o el momento en que dejo de patalear y me entrego a morir ahogada. Son sueños
tan vívidos que duelen, me pasean a su antojo hasta hacerme escuchar mi último latido
como amplificado en un parlante. Seguramente sea la única persona que se siente morir por
horas y horas y vive para recordarlo. Hace meses que verme dormir se volvió una escena un
poco violenta y mi ansiedad no nos deja descansar bien. Siento culpa y pena por Ariel, mi
pobre espectador. Se puso al hombro la responsabilidad de hacer el café fuerte a la mañana
y chequear cómo voy llevando el día en la oficina. Si no le contesto un mensaje en el lapso
de una hora, me llama. No siempre lo atiendo, pero entiendo su preocupación. También fue
él quien me compró melatonina por primera vez. Me dijo que su mamá tomaba estas pastillas
en sus épocas de recién divorciada, decía que la ayudaban a dormir mucho y de corrido.

Lo que él no sabe es que hace meses hubo un quiebre. Hay una continuidad temática que es
nueva. Entre tanto perderme en calles oscuras, habiendo caído tantas veces al vacío,
después de tanto ser perseguida a la luz del día, últimamente, en medio de mis pesadillas,
siempre hay un momento en el que me enamoro. Todos los días cierro los ojos y conozco
personas nuevas. Charlamos, a veces toda la noche, a veces en la fugacidad que nos

permiten las casualidades, y en algún punto escucho el clic. Siento el disparo, alguien aprieta
un gatillo imaginario, y percibo el momento exacto en el que esa persona se me aloja en el
pecho como una bala y desgarra todo a su paso. Casi siempre ese amor es correspondido.
No hay nada que hacer más que esperar al despertador. Pienso que así la sensación va a
dejar de tomarme todo el cuerpo, pero llega la mañana y el sentimiento crece como un
parásito a lo largo del día. Por lo general, en todo el trayecto al trabajo, sigo pensando en
qué le contestaría a uno de ellos en la conversación que quedó por la mitad, o si tendría que
haberle dado un beso más al otro antes de que subiera a su auto. Me lleva dos rondas de
café en la oficina y alguna que otra charla de pasillo poder despertarme del todo. A veces,
igual, cuando saludo a todos al terminar la jornada, creo oler el perfume de uno de esos
amores impregnado en la camisa de alguno de mis compañeros. Más de una vez di media
vuelta y me encerré un rato en el baño a llorar o tocarme, a veces una cosa después de la
otra, a veces las dos al mismo tiempo.

Las pesadillas románticas, mi propio género híbrido, son un condimento que me deja la
lengua de fuego y que le agrego a todas las comidas. Me acompañan en vigilia como un
buen libro que deja impresa su trama por semanas después de terminarlo, como esos
personajes que extraño una vez que termino una serie. La última vez que cogimos con Ariel,
el domingo pasado, cerré los ojos y sentí que el pelo de su pecho me hacía cosquillas. Me
dejé disfrutar de la sensación rasposa sobre las clavículas, una quemazón suave que me
hizo poner boca de pez. Al abrir los ojos, recordé que Ariel, en realidad, es lampiño. Pero yo
sentí esos pelitos rozar mis clavículas, hasta creo ver la irritación que generaron al apretarse
con tanta fuerza sobre mis tetas. Pero no. El del pecho hermosamente peludo había sido el
del sueño de la noche anterior. Ese mismo día, antes de acostarnos, Ariel fue a afeitarse y yo
me apuré a deslizar con voz inocente que tal vez le quedaría lindo dejarse el bigote. No
respondió, pero salió del baño con mi propuesta plasmada en su cara. Me dijo que le parecía
que no le quedaba bien, pero yo solo pude concentrarme en ver como el bigote, igualito al
del tipo peludo del sueño, se movía de arriba a abajo como un vibrador en velocidad lenta.
Ya no era Ariel, sino una boca conocida y poderosa que se ponía a mi disposición por
segunda vez. Me acerqué en silencio, mordí despacito ese labio superior que me llamaba a
gritos, y cogimos por segunda vez. Me dormí segundos después de acabar.

Me paso días enteros con el brote de amor en la piel, lo siento en la boca seca donde

encallan las cosas que me quedo sin decir, en mis dedos que se decepcionan cuando se
entrelazan con los de Ariel y no con unos más gruesos y rústicos, como los de mis sueños.
Llega el momento exacto en el que estoy por quedarme dormida y me desespero. Sé que,
una vez que no resista más el sueño, las imágenes van a pasar a toda velocidad como un
tren sin estaciones intermedias. Me voy a empezar a enamorar de otra persona, que en
realidad no es nadie de carne y hueso sino un collage que ensamblo a mano en el taller de
mi imaginación, listo para enmarcar o presentar a los padres. Varias veces por semana se
repiten las caras. Está Nico, el oportuno que siempre me salva de ser atropellada y me baja
del ataque de pánico posterior. También está el tipo alto , el del nombre raro que nunca
recuerdo, que conozco en el aeropuerto después de perder mi vuelo a casa. Y el pelirrojo,
Oliver, que se encarga de cuidarme después de que me rompo algún hueso del cuerpo y veo
como nadie más me auxilia aunque tenga una fractura expuesta.

El sueño de anoche sigue corriendo en loop. Fue la primera vez que Nico, el oportuno,
apareció en mi casa. Estábamos en la cocina, los dos descalzos y en ropa interior. Tomamos
vino mientras comentamos lo increíblemente sensorial que había sido el sexo y que menos
mal que la comida que pedimos estaba tardando tanto. Cuando sonó el timbre, bajé yo a
buscar la pizza. El repartidor no esperó a que termine de abrir la puerta para tirarme del
antebrazo y subirme a una camioneta sin ventanas. Perdí la cuenta de cuántos tipos me
pisotearon el cuerpo esa noche, pero cuando por fin me tiraron del vehículo en movimiento
en un barrio que no era el mío, ahí estaba él, en boxer, para pedirme que lo perdone, que no
pudo evitar lo que pasó, pero que nunca me hubiese abandonado. Se disponía a abrazarme
y a recomponerme el cuerpo, pero antes de que pudiese agradecerle, me desperté.

Ya son las siete y media. Digo con voz apagada que voy a faltar al trabajo. No es del todo
falso que me siento enferma, la falta de buen sueño me tiene con migraña y los músculos
tensos. Ariel me da un beso chiquito y sin ruido, es autodidacta en el arte de no indagar de
más a la mañana. Se va a duchar y yo empiezo la cuenta regresiva para que se vaya. Tarda
demasiado en vestirse, siempre hace lo mismo, extiende su guardia de héroe a ver si me
arrepiento de mi hermetismo y le pido que me salve. Eso nunca pasa. Hoy yo no estoy acá,
lo veo borroso, como una película mal pirateada. Él es el único que nunca existe en mis
sueños. Ariel es tan palpable, tan real, que nunca se me aparece del otro lado. En cambio,
hay una larga lista de personas por las que no quiero despertar.

Desde la cama, huelo tostadas. Ariel desayuna por primera vez en lo que va del año. Me
levanto como si estuviese llegando tarde a algún lado y lo veo untar mermelada sobre un pan
quemado. Ocupa la silla de Nico, esa donde después de un rato de charla nos dimos el beso
más lindo de la noche, y yo quiero echar a Ariel a patadas. Me siento una pileta a punto de
desbordarse, de rajarse, de escupir mil litros de frustración. Ariel toma un sorbo de té y juro
que puedo oler el Malbec subir por esa misma cerámica y empapar mis labios. Quiero saltar
a otra escena, pero no hay despertador que venga al rescate. Ariel vuelve al cuarto y busca
entre la poca ropa que tiene acá una camisa que nunca le vi puesta. Insiste en que la dejó en
mi casa la última vez que se quedó, insiste y tarda, revuelve, me desordena la ropa. Hoy no
tengo paciencia para tanto heroísmo: abro el último cajón y le doy otra camisa suya que
encuentro, esa que solía ser mi favorita.

Ariel le dice que tengas lindo día a mi nuca distraída, y ni bien escucho la puerta cerrarse, se
me imprime una sonrisa. Voy al baño y dejo correr el agua de la bañera En menos de dos
minutos bajo la persiana del living, prendo unas velas de lavanda y pongo música suave de
fondo. Tengo el pecho angosto como un pasillo pero no de angustia sino de emoción. Me
preocupa no poder reencontrarme con Nico apenas cierre los ojos, sé que estoy demasiado
acelerada. La melatonina tarda un rato en hacer efecto, pero nunca me falla. Tomo una
pastilla mientras sigo convirtiendo a mi hogar en un templo del descanso. Tomo la segunda
inmediatamente después aunque sé que se indica solo una cada veinticuatro horas. Dudo
que un medicamento de venta libre pueda hacerme mierda el cuerpo. Sigo respirando como
si hubiese corrido una maratón así que me tomo una tercera. Pasan veinte minutos y la
temperatura del baño es perfecta. Con un vaso de agua en una mano, me meto en la bañera
y cierro los ojos. Apoyo la cabeza en el borde y pienso en la cara perfecta y amorosa de
Nico, que me espera del otro lado. Tiene una nariz muy afilada que estorba cuando nos
besamos, pero siempre nos reímos de eso y lo compensa con unos besos en la oreja que me
desconectan el cerebro. De este lado mi mente alcanza un pico de entusiasmo del que no
puedo bajar, mi cuerpo todavía no se relaja. Quiero sentir las cosquillas bajando por mi
cuello, cortesía de los labios de Nico, que son gruesos e inconfundibles. Me gana la
impaciencia y estiro la mano buscando más melatonina. Me voy tomando las pastillas una
por una hasta que me termino toda la caja. Cierro los ojos, apoyo la nuca en la bañera y voy
sintiendo como de a poco el agua tibia me roza las orejas. Sonrío antes de pasar al otro lado.