Estrellitas en el techo, por Mica Pintus

Ilustración: Kamil Jauregui

No hizo falta que Lupe chequeara el número de la casa porque la música se escuchaba desde la cuadra anterior. En el medio del gigantesco patio, una mesa desbordaba de botellas como en cualquier fiesta de fin de año. Pero esta no era cualquier fiesta, había barriles de cerveza tirada sobre el pasto. La probé: era rubia, artesanal y con una temperatura digna de propaganda. Mientras sonaba un reguetón viejo empezamos a bailar con ganas y algo de nostalgia, como si los casi treinta no importaran, volvimos a ser adolescentes por un rato. Pero la sonrisa se me endureció cuando lo vi a sólo un par de metros. ¿Cuáles eran las chances? Hacía más de un año que no me lo cruzaba. ¿Justo en año nuevo? Me di cuenta por la ropa. Tenía puesta esa camisa azul marino con palmeritas que tanto me gustaba. Entré en pánico por un segundo y me di vuelta intentando disimular los nervios. Después saqué un labial dentro del caos de mi cartera y me pinté la boca en un tono bordó intenso,  como si fuera un pavo real mostrando mis plumas de mil colores.

Me lo crucé cuando atravesaba el patio con el vaso lleno de cerveza intentando esquivar a los grupos que bailaban con euforia. Me encaró él. Intenté disimular la sorpresa, pero no me salió nada bien. Charlamos de pavadas, una especie de ping pong de preguntas y respuestas para ponernos al día ¿Seguís viviendo con tu vieja? ¿Qué onda ser licenciada? ¿A vos cuantas materias te quedan? Escucharlo hablar de la facultad me resultaba un plomo, pero así me podía quedar mirándole la boca. Los dientes blancos resaltaban sobre su piel café con leche y cada vez que sonreía se le marcaba un hoyuelo del lado izquierdo que me hipnotizaba. Cuando éramos muy chicos fuimos a la misma colonia de vacaciones un verano. Y hace dos años, cuando me lo crucé en la casa de un amigo, lo reconocí al instante. Esa boca era inconfundible. Se sorprendió mucho cuando se lo dije, no se acordaba de casi nada, en cambio yo me acordaba de todo. Siempre intentaba tocarlo en el juego de la mancha, me sentaba al lado de él en cada merienda, lo volvía loco. No quería saber nada al principio, pero terminamos haciéndonos amigos y jugábamos mucho a la familia en la pileta. Un día en el salón de teatro me contó en secreto que en su casa le habían dicho que los adultos jugaban escondidos y nos metimos detrás de las cortinas.

—¿Y qué hacemos? me preguntó

— Una vez vi a mamá arriba de papá.

 —¿Jugando a qué?

—Como al caballito pero es raro. Así mira.

Lo acosté en el piso, me subí arriba de él y empecé a moverme. Marcos se reía porque decía que le hacía cosquillas y yo seguí para ver como se hacía ese huequito en su cachete. Le pasé los dedos sintiendo el relieve y en un impulso lo tomé de la cabeza y se lo mordí. Salió llorando, me retó la profesora y citaron a mi mamá al día siguiente. Pero después de unos días me perdonó y dejó que le chupara el hoyuelo si prometía no morderlo nunca más.

Salí del recuerdo cuando me preguntó por las canillas de cerveza, se las señalé y antes de irse me dio un beso casi en la comisura de los labios. Volví con mis amigas, bailé un rato. Intenté no pensar y sentir el ritmo de la  música. Por momentos lo lograba pero enseguida volvía a buscarlo con la mirada como un radar pendiente de un barco perdido. Tenía algo, no sé muy bien qué, pero ese pibe me volvía loca. Me llegó un mensaje de Tomi al celular.

¿Qué onda esa fiesta? Estamos viendo a donde ir.

Una porquería.

Mmm…bueno. Avisame si querés que te pase a buscar. Te amo.

Yo también. 

Ya había perdido la cuenta de los vasos de cerveza y la urgencia de hacer pis me empezó a torturar con ganas. La fila era larguísima y avanzaba muy poco. Diez minutos más y podía haberme meado encima. Dani conocía muy bien la casa y le mandé un mensaje. El pasillo por el que entramos tenía una puerta gris con traba de costado que daba a la cocina. Ahí había otro baño. Si te ve alguien, yo no te dije nada.

La traba estaba medio dura y tuve que forcejear un poco. Entre, me bajé la bombacha y el chorro salió a presión con un alivio que me relajó todo el cuerpo. Empecé a contar los segundos. No terminaba más. 

Cuando salí pegué un grito del susto. Marcos estaba esperándome del otro lado de la puerta. Nos reímos mientras él avanzaba y me empujaba hacia el interior del baño. Salí con él después de separarme por primera vez. Desde el principio hubo mucha química entre nosotros, pero nos vimos pocas veces. Dejábamos de llamarnos y solo teníamos que encontrarnos en el mismo lugar para saber que íbamos a terminar juntos. 

—Volví con Tomi.

—¿Otra vez sopa? —dijo con una sonrisa burlona—Que lástima. 

Vi cómo se le marcaba ese hoyuelo del pecado y me encendí tanto que empecé a tocarme por arriba de la ropa. Me miró mordiéndose el labio mientras yo deslizaba mis dedos dentro de la pollera sin sacármela. Se quiso acercar y me tiré para atrás diciéndole que no con la cabeza. Le di la espalda y me apoyé contra la mampara de la ducha. Volvió a acercarse apoyándome la pija y lo empujé con la cola. Fue ahí que terminó de entender el juego. Se separó un poco sin despegar la nariz de mi cuello y empezó a respirarme, a hundirla en mi pelo oscuro y ondulado. Quiso decir algo, pero lo callé. Sentí el sudor de su frente mojándome la nuca y seguí rozando mis dedos contra la tela de encaje. Tenía un perfume que me dejaba con las ganas de pasarle la lengua, pero no. La sola idea de tenerlo tan cerca de mi cuello, a punto de que pase todo y nada a la vez, me calentaba brutalmente. 

Mientras me tocaba recordé la primera vez que estuvimos juntos en su habitación. Me reí a carcajadas cuando vi estrellitas y avioncitos fluorescentes pegados en el techo. Nunca se le había ocurrido sacarlos. Y menos mal que no lo hizo. Acostada en la cama mientras me cogía, podía mirar ese falso cielo prendido en la oscuridad que me recordó a las pajas de mi infancia. De chica coleccionaba las que venían con el yogurt. Llegué a completarlo casi todo porque me robaba las de mi hermano también. Cuando de noche se apagaban las luces, mi cuarto se volvía una galaxia y yo me convertía en un astronauta explorando mi propio territorio desconocido.

Buscó un chicle dentro de su bolsillo y se lo puso en la boca, lo masticó lento, sin despegarse nunca de mi cuello. El olor a menta me empapó la bombacha. Sus besos tenían ese gusto y me recorrían escalofríos por la piel cuando me la chupaba. Me metí el dedo por abajo y resbaló divino. Lo llevé a la boca y me lo lamí con culto y devoción, hasta la última gota. Yo sé que él también quería, que se moría por saborearme una vez más. Me metí tres dedos y le di a probar mientras lo agarré del pelo con firmeza.  Se los mandó bien adentro con hambre de reencuentro. Volví a mi cuerpo y empecé a hacerme la paja.

Escarbé en la memoria nuestra mejor noche, también había sido una fiesta de fin de año pero en esa yo estaba sola. Fuimos a mi casa porque se suponía que no había nadie, todavía vivía con mis padres. Cuando llegamos, el auto de mi hermano estaba estacionado en la entrada.  Abrí la puerta despacio, y él también despacio empezó a meterme la mano por debajo del vestido. El cuarto de mi hermano estaba pegado al mío, por eso lo llevé a la cama de mis viejos. Antes de subir las escaleras nos sacamos los zapatos para no hacer ruido. Todo estaba muy mal y muy bien al mismo tiempo. Apretó mis manos contra el respaldo de la cama. Me besó fuerte. Nos sacamos la ropa con torpeza, separó mis piernas y empezó a pasarme la lengua despacito, con la punta, de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. Cuando se concentró en el clítoris dejé caer mis manos sobre la cama acariciando la colcha beige de terciopelo. Mamá compraba todo en ese color.  Sentí una mezcla de culpa y calentura: acá concibieron a mis hermanos, de más chica jugaba con papá a la nave espacial debajo de esas sábanas o me quedaba dormida entre ellos.

– Aah …aah..

Empezó a acompañarme con sonidos, yo suspiraba y él continuaba arriba de mi voz cada vez más pegado a mi oreja. Mi excitación había llegado a un punto sin retorno, seguía escalando. La respiración agitada me secaba la boca y mi mano de apoyo se resbalaba en el azulejo empañado. Me agarré de su cabeza. Sentí como mis músculos se tensionaban hasta concentrar todo el calor en un solo lugar de mi cuerpo, le tiré del pelo y entre gritos finalmente acabé. La relajación hizo tambalear mis piernas cansadas y Marcos me sujetó con uno de sus brazos para que no me cayera. Le agradecí todavía agitada y me reí porque en el roce pude sentir su tremenda erección. No había bermuda que contuviera esa pija. Podía imaginármela venosa y gruesa intentando atravesar ese cierre. La miré, lo miré. Quería decir algo, pero no sabía qué. Por suerte hablo él.

—Ahora me toca a mí. 

No hice nada, esperé a que dijera algo más.

—Tené el vaso y esperame afuera. 

Cerré la puerta obediente. No se escuchaba nada, tampoco es que los hombres giman demasiado, no los que yo conozco. Empecé a imaginarme su cara, sus gestos, mordiéndose el labio, diciendo mi nombre y me encendí otra vez como las estrellitas fluorescentes del techo de su cuarto que espero, sigan iluminando esa cama.