Todo lo demás también, por Leticia Leveroni

Ilustración: Tamara Conforti

Lavo los platos en la casa de tu vieja. Tu cumple de treinta está terminando. Guardo mi bandeja, donde hice la chocotorta. Todavía quedan algunos borrachos cantando. Cuando dejo todo impecable, te digo que me voy. Tu ex dice que se va conmigo y me pregunta dónde vivo: capaz me puede alcanzar. Vos decís “es temprano, no se vayan”.

Yo dudo. “Bueno, dale, me quedo un ratito más”. Tampoco me quiero ir con Paula. Ella, que ya tenía la cartera en la mano, dice que también se queda. Un ratito. Sonreís. 

Uno de los pibes del teatro toca una de Calamaro en la guitarra. “Parecía el cielo porque estabas conmigo, todavía soy tu amigo”. Vos la mirás a ella que canta los coros desafinando y se ríe. Me tomás de la mano, me agradecés por todo. “No sé qué hubiera pasado si vos no estabas”, decís.

Me doy cuenta del papel lamentable que estoy haciendo. Insisto con que me voy, llamo para pedir un taxi. Paula también. Sale primero, sola.

El taxi tarda por la lluvia. Mientras espero puedo ver tu decepción. Sé que le pediste que se quedara con vos y que te dijo que no, vi la secuencia mientras lavaba los platos, apenas levantando la vista por la ventanita de la cocina. Ojalá me lo hubieras pedido a mi.

Llega el auto. Te saludo rápido sin abrazo y me voy, muerta de cansancio, de sueño, de tristeza.

Apenas llego a casa me meto en la cama, sin prender ni una luz. Derechito, de cabeza, abajo del acolchado a abrazar al gato.

“¿Llegaste bien?” me escribís. Te digo que sí, pero no. “Me muero de sueño, te veo mañana en el teatro”. Apago el celular sin esperar tu respuesta. 

No duermo. La cabeza me da vueltas revisitando todas las escenas de ese viernes: Llegué primera para ayudarte a limpiar. Fuimos al súper, hice la torta, estuvimos todo el día pensando en eso, ordenando, poniendo linda la casa de tu vieja que se fue a lo de tu hermana. Nunca se me ocurrió que podías invitar a tu ex novia. 

Me despierto de golpe, agotada, no descansé. Soñé con ese tema de Calamaro, con ella, con ustedes juntos. Con todo lo que no sé.

Ya pasó el mediodía. Me baño y preparo algo de comer, estoy como apagada. No puedo activar, mi cabeza se quedó ayer en tu fiesta. Tipo ocho me preparo para ir a laburar, me voy a tomar el 140 a Álvarez Thomas. No viene. 

Llego a la sala corriendo, vos ya estás en la cabina. Te saludo con un gesto desde el escenario, a lo lejos. Mejor. Me encuentro con Ale que me pregunta sobre tu fiesta. “¿Estuvo buena? ¿Rodri cómo la pasó? ¿Así que estaba Paula? ¿Se fueron juntos?” Me dice todo de corrido en una sola oración y yo le digo que no con la cabeza. Me insiste, le digo que no, que ella se fue. Que nadie durmió con nadie. Que estoy cansada, que trabajemos bien y rápido así nos podemos ir temprano. 

Aplausos. Concluye la obra, desde la cabina prendés la luz de sala. Cuando terminamos de desarmar todo ya es la una de la mañana. Los acomodadores quieren ir a tomar una birra, a celebrar tu cumpleaños, Ale dice que nos lleva donde queramos pero que se va a dormir. Yo le digo si me lleva a casa. “Vení, dale, todavía es mi cumple” me decís. Ya pasó tu día, pero bueno, voy, le pongo onda, la que puedo, la que me queda, no sé. 

Son las cuatro de la mañana, tengo frío y todo el tiempo me vuelven las imágenes de anoche. Digo que me voy, que estoy cansada, que dos días de fiesta es mucho para una señora de mi edad. Vos decís que me acompañás, que no me vas a dejar sola ahí después de todo lo que hice por vos. Salimos a la calle, caminamos unas cuadras bajo la lluvia hasta la esquina de tu casa. Me invitás a subir. 

“Feliz cumple, mi amor” te susurro al oído cuando te siento acabar. A los cinco minutos estás dormido. 

Miro el techo mientras te oigo roncar y me pasan como en una película independiente europea un montón de imágenes nuestras. Medio descoloridas: El día que me compré la bicicleta, nos encontramos en la bicisenda, de casualidad, de camino al teatro. Estaba feliz y colorada. Acalorada. Me enseñaste tu camino, que te siga, me dijiste. 

Se convirtió en mi camino desde ese día, aunque nunca más nos encontramos.

Más tarde, cuando salimos te pregunté cuál era el mejor camino para volver. Propusiste ir por la bicisenda hasta un desvío donde cada uno seguía para su casa. 

“¿Querés ir a comer?”, me dijiste en la bifurcación. Cenamos en la vereda. Al lado, tu playera roja desvencijada esperaba atada a mi nueva compañera.

Nos estábamos yendo y la fui a desatar. Desde abajo del cordón me abrazaste por la cintura apretujándome, esa altura nos queda ideal. Me diste un beso en la calle, “no sabés cómo me calentás”, te escuché decirme al oído. 

Nuestras bicis también han pasado buenas noches juntas. 

Los últimos meses empezamos a tener mucho menos laburo, a vernos menos. 

Un viernes hablamos por videollamada, me querías contar algo que pasó en el teatro. Estabas preocupado, no había ninguna perspectiva de volver a hacer funciones y tampoco de cobrar, pero el tiempo seguía pasando y los tópicos de conversación también,  

—De todos los apodos que alguna vez me dijeron el que más me gusta es Coca —te dije mientras me contabas que en el teatro iban a dar un ciclo de películas argentinas. 

—Si, bueno, te cae justo.

—Era hermosa la Coca. Además, todos la recuerdan por el escote, pero tenía un orto increíble también. ¿Te acordás del afiche de “Carne”? Es un fotón. 

—Lo voy a googlear, a ver… Uh, boluda, no me acordaba que la Coca estaba muerta. ¿Cómo era la frase esa que la hizo famosa?

—“¿Qué pretende usted de mí?” —digo beboteándole a la cámara de la compu y me río. 

—¡Uf! Mostrame un poquito más, ¿cómo es eso?

Ensayamos algunas escenas de sexo virtual, medio torpes, con vergüenza. Con una luz horrible que quería ser sexy y dejaba todo medio pixelado. Terminamos haciendo planes para “algún día de estos” y mandándonos besos por la pantalla. 

Las semanas siguen pasando sin mayores novedades, sin vernos. Te extraño, te tiro indirectas en las redes sociales como una quinceañera, no me animo a decirte que hablemos, que nos veamos un rato, aunque sea de nuevo por videollamada. Vos no me mirás las historias en Instagram, no sé si me ignorás a propósito o ni te enterás. 

Un día me llama una de las productoras del teatro, quiere que trabaje con ella en una obra nueva, te escribo para contarte y me clavás el visto. No le doy mucha importancia, total en unos días nos vemos.

Como siempre llego un poco tarde a la sala. Estuve dos horas maquillándome para que parezca natural. Me cambié tres veces la ropa. 

Dejo la bici en el estacionamiento del teatro, junto a la tuya que ya está ahí y antes de ponerme a laburar paso por la cabina a saludarte. La puerta está entreabierta, del otro lado vos y Paula a los besos. 

Me quedo dura mientras oigo a mi corazón quebrarse como una grieta que se propaga veloz, separando para siempre dos bloques de hielo. 

Cuando vuelvo en mi, retrocedo despacio hasta el ascensor. Mientras bajo le mando un mensaje a la productora pidiéndole disculpas, invento que tuve un problema por el camino y que no voy a llegar. 

Salgo del teatro corriendo para no cruzarme con nadie y después sigo caminando sin parar hasta llegar a casa. Las lágrimas caen por mis mejillas sin fuerza, por inercia, por última vez.