Baldes de tierra, por Agustina Harari

Ilustración: Sandy Glu

Cuando llegué al hotel mis amigos estaban en el lobby decidiendo dónde ir a comer. Intenté poner buena cara y actuar entusiasmada, pero cuando me vieron,  se dieron cuenta de mi humor y uno por uno se acercaron discretamente a preguntarme cómo estaba. Contesté que bien, asintiendo con la cabeza para intentar actuar con el cuerpo lo que con la voz no me salía. Era el cumple de Joaco y había quedado en que no iba a faltar. Ya era suficiente que me había borrado todo el día. Les pedí que me esperaran un rato porque me quería cambiar la ropa. Necesitaba sacarme el día de encima y quizás cambiarme me  ayudaba. Subí hasta mi habitación y antes de desvestirme me senté en la cama, apoyé las palmas de la mano sobre mis muslos y respiré hondo. Meditaba siempre que necesitaba reiniciarme, pero, por primera vez, no sirvió. Me saqué el jogging y el buzo que se había manchado con boloñesa al mediodía, y me puse ropa limpia. Me hice una colita para disimular la grasitud de mi cuero cabelludo y mi falta de tiempo para bañarme, pero la suciedad de mi pelo requería medidas extremas. Me puse un pañuelo naranja y verde en la cabeza, atado con un moño que había aprendido a hacer con un tutorial. Caminando por el pasillo para volver al lobby, sentía las miradas penetrantes de los otros huéspedes del hotel mirando lo que parecía un bowl de aceite de oliva arriba de mi cabeza decorado con una bolsa de consorcio multicolor. Cuando llegué a planta baja, me dijeron que habían decidido ir a una pizzería. Me parece la comida más obvia para comer con amigos, pero no dije nada. Me daba todo lo mismo. Solo quería que la cena durara poco y volver cuanto antes al hotel.  

Fuimos caminando porque la pizzería quedaba a pocas cuadras y los chicos insistieron. Dije que tenía que hacer una llamada para poder caminar sola. Iba cincuenta metros atrás, sosteniendo el celular bloqueado al lado de mi oreja y moviendo la boca cada vez que alguno giraba la cabeza para ver cómo estaba. Necesitaba pensar en lo que había pasado durante el día. Me sentía culpable de no haberle contado a los chicos la verdad de lo que había hecho. Lo bueno de viajar con ellos cuatro es que desde un principio planteamos la libertad para que cada uno hiciera lo que tuviera ganas. El trato me vino perfecto. Pensaban que había ido al Museo Nacional de Cerámica. Saben que me gustan los museos y documentales que a nadie le interesan así que era la excusa perfecta, y además nadie me iba a querer acompañar. Era lindo viajar con amigos para pedirles consejos sobre chongos extranjeros y no sentirme tan sola cuando no entendía el idioma, pero no tenía interés en escuchar cuatro opiniones simultáneas acerca de la búsqueda de mi papá. Cuatro caras de pena por la piba a la que el viejo la abandonó, cuatro intentos de consejos, cuatro “no vale la pena” repetidos en coro y sin afinar.  

Ese día había visto a mi papá después de diecinueve años. Lo había contactado por Facebook el día que decidimos venir a España, y después de eso tuve que hacer el esfuerzo de convencer a los chicos de que visitáramos Valencia. Googlié cuál era la atracción más popular de todas y los convencí de que el bioparque de la ciudad iba a ser la mejor experiencia de nuestras vidas. Por suerte a Ro le gustan los animales así que insistió casi con el mismo empeño que yo y lo logramos. No sabía por qué tenía tantas ganas de ver a mi papá. La mayor parte de mi vida la pasé diciendo que no tenía ningún interés en verlo y pensaba que no mentía. Pero cuando tuve la oportunidad de venir a Europa, fue en lo primero que pensé y desde ese momento todo el viaje giró en torno al encuentro. Tenía dudas y solo él tenía las respuestas. Lo pensaba como una visita al dermatólogo para que me dijera que el lunar raro de abajo del codo no era maligno.  

Me recibió en su casa en las afueras de la ciudad. Era blanca, pero estaba tan sucia que parecía gris. Blanco angustia. Se la veía descuidada. Colgaban tres macetas del balcón, pero sin plantas. Baldes de tierra, la imagen de quien se cansó de insistir con la vida. Toqué la puerta y tembló como si fuera de cartón. Abrió con urgencia y me recibió con los brazos extendidos, pescando un abrazo. Entendí que no teníamos las mismas expectativas de ese reencuentro. Acerqué mi cuerpo para no rechazar su gesto, pero dejé mis brazos en el aire. Me sorprendió que aunque se viera sucio y descuidado tuviera el olor de siempre. Café y acrílico. Su cuerpo se había reducido a la mitad. Sentía a sus huesos chocar con mi carne como si estuviera abrazando a un jenga. Con sus manos me frotó la espalda con velocidad. El abrazo duró más de lo que hubiera esperado, sobre todo considerando que le faltaba el componente de lo mutuo. Mis brazos colgaban como perchas sin ropa. Los suyos hacían el intento de llenar décadas vacías de presencia. En el instante en que separamos los cuerpos, me ofreció un café con tanta liviandad que parecía como si fuese un reencuentro después de un viaje de dos semanas a Mar de Ajó. La escena no le hacía justicia a diecinueve años de silencio. Le dije que sí, igual. Me había olvidado los puchos en el hotel y necesitaba algo que me quemara la garganta y la ansiedad. Nos sentamos en el jardín. El pasto crecido me pasaba los talones y la poca agua que había en la pileta parecía el culito de una botella de Coca en la que flotaba una película de hojas y bichos muertos. Había un olor a cloaca que me revolvía la panza mientras intentaba tomar el café que no tenía gusto a nada. Buscó entre una pila de sillas de plástico y acercó las únicas dos que no estaban rotas. Nos sentamos con distancia como si nos separara una mesa, pero no: era el rechazo. Primero hablamos de Valencia. Era lo único que teníamos en común, la ubicación geográfica. Me hacía recomendaciones como si hubiera pagado un tour guiado mientras yo repasaba en mi cabeza las preguntas que tenía para hacerle. Me contó sobre la Catedral y la mejor hora del día para ir y la mejor forma de llegar y el mejor sándwich para comer a unas cuadras de ahí y la mejor chocolatería que quedaba a la vuelta. Yo asentía con la cabeza cada tanto, o abría los ojos con sorpresa cuando hablaba de la arquitectura de las cúpulas y otras cosas que no me importaban. En el viaje en colectivo, había escrito en un cuadernito las preguntas que quería hacerle como si fueran apuntes para una exposición oral. Pero no me salían. Lo interrumpí un par de veces como haciendo envión para empezar con mi cuestionario, pero terminaba haciéndole algún comentario sobre el bioparque. Él estaba concentrado, detallando cada uno de los ambientes africanos que están recreados ahí, cuando escupí mi primera frase completa desde que había llegado a la casa. 

—¿Por qué no esperaste a que pasara mi cumpleaños para irte?  

Tenía pensado empezar con una pregunta más amplia. ¿Por qué te fuiste? ¿Me extrañaste? ¿Alguna vez pensaste en volver? ¿Me querías? ¿Me querés? Pero durante todo el viaje hasta su casa se había proyectado en mi cabeza el recuerdo de cuando cumplí siete años. Meses atrás me había prometido que me iba a llevar a la plaza y me iba a dejar subir a la hamaca alta que era para los grandes. Venía contando los días desde enero, pero tres días antes hizo el bolso y se fue. Mi vieja hizo todo lo que pudo para que pareciera que había algo para festejar en mi cumpleaños. Colgó globos mal inflados, que hoy se me aparecen como pijas flotantes, y cintas con forma de rulitos en el techo. Ningún sentido de la estética regía la decoración. El techo parecía una tostada mal untada, con manchones y vacíos aleatorios. Al empapelado de la pared le pegó carteles que decían feliz cumpleaños, escritos con diferentes colores, pero no por una decisión estética sino porque se les iban quedando sin tinta. Hizo todo lo que pudo para que estuviera contenta, pero nada funcionaba. Tenía sentido. No se le puede pedir que contagie felicidad a alguien que no tiene ni para ella misma. La vi llorando sentada en el inodoro cuando fui corriendo a esconderme al baño con tal de no tener que dibujar. Cuando se fueron todos, le pedí que me llevara a la plaza para ir a la hamaca de grandes y me dijo que no. Lloré toda la tarde mientras le gritaba que mi papá era mejor que ella.   

—No sé, no me di cuenta—me contestó balbuceando a la pregunta sobre el porqué de la inoportunidad del abandono. Parece una pregunta secundaria, pero en mi anotador la escribí tres veces. Me enojé con su respuesta. Para recolectar más no sés, me hubiera ido a pasear con los chicos y tratado de ignorar el tema como hacía casi todos los días. Necesitaba claridad y detalles. Necesitaba argumentos que hicieran que el pasado no fuera la mierda que fue o que fuera una mierda, pero argumentada. No sé qué esperaba que dijera o qué me hubiera consolado. Fui con las preguntas en la cabeza, pero no con las respuestas. Me levanté de la silla porque estaba inquieta. Caminé en el pasto crecido mientras él repetía no sé como si estuviera aprendiendo una palabra en otro idioma.  

—¿Y por qué te fuiste sabés? ¿O tampoco? 

—Iban a estar mejor sin mí.  

Me di vuelta porque no quería mirarlo más. Cerré los ojos dejando que el sol me diera en la cara mientras me caía una lágrima tímida y silenciosa. No tenía claro si tenía razón o no, pero no importaba. Hay que tener el ego muy grande para creer que uno sabe lo que es mejor para el otro sin consultar. Me arrepentí de haberme parado porque mis piernas empezaron a temblar, pero me quedé en el lugar. No quería mirarlo ni acercarme.  

—¿No te importó que mamá estuviera embarazada? ¿No pudiste ni esperar a conocer a tu otra hija?  

El temblor de mi voz medía altísimo en la escala con la que se miden los terremotos. Le hice la pregunta de espaldas y con los ojos cerrados. Sentía que estaba en la puerta de una fiesta sorpresa, y que adentro no podía haber otra cosa que no fuera un incendio. Pasó un minuto entero y no había contestado. Insistí con mi pregunta elevando la voz. Mi paciencia se podía medir con un reloj de arena y quedaban solo un par de granitos por cruzar de arriba para abajo. Era cuestión de segundos antes de que explotara. Me di vuelta con tanta furia que tiré la silla de plástico vacía sin darme cuenta. El cuerpo se me fue cayendo hasta quedarme en cuclillas. A los gritos, con la cabeza entre las piernas para que no me viera llorar, le repetí la pregunta una vez más, intentando creer en la posibilidad de que todavía no me hubiera escuchado. Esta vez mi voz no tembló. Más que pregunta, pareció una orden. 

—¿No te importó que mamá estuviera embarazada?  

Me volví a parar, enfurecida por la duración de un silencio que no tendría que haber existido. Todo cambió cuando lo vi. Estaba mirando para adelante, fijo y sin pestañear. Más encorvado que nunca, la silla de plástico le quedaba grande a su cuerpo que se había vuelto todavía más miniatura. La mandíbula, rodeada por su barba kilométrica y desprolija, le colgaba como los globos fálicos del techo en mi cumpleaños. No sabía. Nunca supo. Nos quedamos los dos quietos y callados por un rato, hasta que él no pudo aguantar más. Mientras lloraba, se quedaba sin aire. Hablaba sin modular y sin espacio entre las palabras. Por la entonación del balbuceo, entendía que lo que decía eran todas preguntas. Fui corriendo a buscarle un vaso de agua. Entré a la cocina con seguridad como si conociera la casa y le revisé la alacena en busca de un vaso como si tuviéramos confianza. Los estantes estaban llenos de polvo y las puertas de los muebles se salían cada vez que las abría. Al lado de la bacha, había una pila de platos, cubiertos y vasos parecida a la de sillas de plástico. Lo que no estaba sucio, estaba roto. Sobre la mesada había un bastidor chiquito. Tenía pintado un paisaje verde de pinceladas indiscriminadas, gordas, sin coherencia. Y entre tanto verde, una forma azul. Un tobogán. Era el patio de la casa de mi infancia. Apoyé los brazos en la mesada para que me sostuviera el cuerpo. Me sorprendió que nos pensara. Me despertó del instante de parálisis el llanto que se escuchaba desde el jardín. Le serví agua de la canilla en una taza celeste que encontré y se la llevé. Cuando salí, estaba parado en el borde de la pileta, tan al borde que la mitad de sus pies flotaban en el aire. Una mano en la espalda con el más mínimo envión hubiera alcanzado para tirarlo. Venía muy acelerada de la cocina, pero en cuanto lo vi me quedé quieta. Él miraba para todos lados como buscando algo. Apoyé el vaso en el pasto y me acerqué de a poco. No sabía qué tanto tenía que preocuparme ni de qué. Un salto a esa pileta, por más vacía y sucia que estuviera, no podía ser letal. O sí. Dependía de cómo se tirara. Analizaba las posibilidades mientras avanzaba de a poquito como jugando al pan y queso. Deliberaba mis opciones y las suyas. Quería imaginarme lo que estaba pensando, pero la verdad es que no lo conocía. Él estaba en el final de la pileta, y yo en el principio. Le quise hablar, pero me di cuenta de que no sabía cómo llamarlo. ¿Papá? Hablé despacio para no sobresaltarlo.  

—Te traje un vaso de agua. Me voy a acercar para llevártelo.  

Agarré el vaso y avancé por el borde. Cuanto más me acercaba, más lo veía temblar. Estaba en silencio, pensante, con la cabeza quieta y los ojos en un punto fijo. Apuré el paso cada vez más. Cuando estuve al lado, le ofrecí el vaso, pero no me miró. Repetí varios «Ey» buscando su mirada, pero nada. Lo agarré del brazo y lo sacudí, pero ni abría la boca ni giraba la cabeza.  

—¡Papá! 

Le grité con una preocupación que no sabía que podía sentir por él. Reaccionó y se largó a llorar de nuevo. Se sentó en el lugar con los pies colgando en la pileta como un nene esperando un helado y tomó el vaso de agua que le había traído. No volvió a hablar y yo tampoco. Nos quedamos un rato largo con las piernas sobrevolando esos pocos litros de agua que parecían un caldo hirviendo. Él miraba para arriba como tratando de leer el cielo, mientras las lágrimas le resbalaban por la cara y le mojaban la ropa formando una mancha de angustia. Yo no levanté la cabeza. Miraba nuestros pies balancearse. Una de sus ojotas tenía roto uno de los lados de la tira que cubre el empeine, y con cada movimiento hacía atrás estaba la posibilidad de que se cayera a la pileta. Seguí su pie con la mirada como si eso pudiera evitar la caída. Estuvimos sentados un par de horas. Cuando terminó de llorar, me levanté para irme, pero me frenó agarrándome del brazo.  

—¿Cómo se llama? 

Fue la primera frase que dijo en horas, y la dijo sin trabarse ni temblar. Era como si la hubiera estado repitiendo por horas en su cabeza hasta encontrar el valor de decirla en voz alta. 

—Cande. Se llama Candela. 

En cuanto escuchó el nombre, lo repitió con la voz tierna y calma y le sonrió al punto en el cielo que había estado mirando por horas. Se quedó quieto otra vez, y yo me fui. Me tomé el colectivo y en cada parada pensé en bajarme y volver a la casa. Pero no tenía nada para hacer ni para decirle. Él tenía que procesar lo de mi hermana, y yo que él no lo supiera. Tenía el trabajo de replantearme mi pasado entero, y no tuve la cordialidad de quedarme a ver cómo él hacía lo mismo con el suyo. Nunca pensé que iba a tener la revancha del abandono.  

Me fui con más preguntas que antes y ahora también tenía varias para mi vieja. ¿Por qué no le dijo? ¿Quería que se fuera? ¿Candela sabe que él nunca supo? Ser abandonada intencionalmente y ser abandonada sin querer debe doler distinto. No la quise llamar. Ya tenía suficientes cosas en qué pensar. Si había esperado las respuestas de mi viejo por casi veinte años, podía aguantar hasta volver de viaje para escuchar las de ella. Estaba pálida y me temblaban las piernas. Un chico me preguntó si quería el asiento y le dije que sí sin cuestionármelo. Sentía que me iba a desmayar. Me abanicaba con las manos y me sostenía la cabeza con la ventana, como un bebé flácido que todavía no aprendió a sentarse. Cuando me bajé del colectivo, me senté en el asiento de la parada. Me quedé ahí hasta que anocheció y me acordé de que había quedado en cenar con los chicos por el cumple de Joaco. Caminé lento. El pasado me tiraba para atrás como una ola. Vi a mis amigos por la ventana del hotel y me di cuenta de que por lo menos me tenía que secar las lágrimas. La cara no la cambié. No pude. Les dije que el museo había sido una mierda, y que eso me había puesto de mal humor. No me creyeron, pero tuvieron la gentileza de no pedir explicaciones. 

Cuando entraron a la pizzería, me quedé afuera haciendo como que seguía hablando por teléfono. Ya había perfeccionado la técnica de mover la boca como si estuviera hablando y necesitaba unos minutos más para estar sola. Cuando entré, me senté en una de las esquinas de la mesa. Me sirvieron una porción de muzzarella en un plato blanco mal lavado que tenía un pedacito de queso duro y seco en el bordecito, justo al lado del nombre de la pizzería escrito en cursiva. En otro momento hubiera pedido que me lo cambiaran, pero quería hablar lo menos posible por miedo a que se me quebrara la voz. Mis amigos tomaban cerveza y hablaban de la gente que habían conocido ese día en el subte. Yo comía esquivando el sector sucio del plato, consciente de que no quería que mi pizza lo tocara. Fui al baño tres veces durante la cena. Me encerraba en el cubículo y respiraba hondo, parada y con los ojos cerrados, hasta que me interrumpía el intento de relajación el sonido del botón que tocaba alguna otra persona. Cuando sentía que ya había pasado demasiado tiempo, salía del baño. Mientras caminaba entre las mesas para llegar a la mía, podía ver los gestos que se hacían mis amigos para cambiar el tema de conversación. Cada tanto alguno me preguntaba por mi día, forzando una voz casual que les fallaba y ascendía en tonos cada vez más hacia el final de la oración. A uno de sus intentos optimistas de sacarme charla contesté, sin levantar la mirada del plato, que al día siguiente tampoco iba a poder pasear con ellos. 

—Tengo ganas de ir a otro museo, al de Seda. 

Los sentí mirándose entre ellos, descreídos. No dijeron nada, y yo tampoco. Me conocen lo suficiente como para saber que el mal humor no se me va a la fuerza como frotando una mancha. Cuando terminé de comer, les dejé plata para que pagaran mi parte de la cuenta y volví al hotel para poder dormir temprano. Tenía un día intenso planeado para el día siguiente. Había decidido ocuparme de la pila de platos de mi viejo. De camino a su casa, pasé por un vivero que había visto cerca del hotel y le compré semillas de amapola. Quizás algo podría crecer en un balde de tierra.