Greta, por Mey Meroño

Ilustración: Carmen Gorosito

La casa de Diego fue mi refugio por varios veranos. Escuchábamos a Ray Charles, jugábamos a las cartas y fumábamos porro con las patas desnudas en el pasto. Antes de ser novios habíamos sido amigos y antes, compañeros de colegio.  Había ido a esa casa más de diez veranos. No había lugar en el mundo que me gustara más. El olor a naturaleza, el ruido de las hojas moviéndose con el viento, el leve olor a cloro de la pileta, todo era más lindo que en mi casa. 

Su mamá estaba siempre adentro con el aire acondicionado y una botella de Beija, su cachaça favorita. Para Diego y para mí era como estar solos. A veces la curiosidad me llevaba a espiarla a través de las persianas de madera. La escuchaba balbucear sola y me gustaba imaginar su vida anterior, su juventud. Orgías, fiestas, poemas leídos desde arriba de las mesas. Greta viajó por todo el mundo exponiendo esculturas de fierros desechados por Fidel, su marido arquitecto. La casa la hizo él, hace mucho tiempo, cuando vivían todos juntos y eran felices. 

Construyeron ese oasis en medio de Parque Leloir. El diseño era maravilloso, minimalista, geométrico. No había ningún detalle que no me pareciera perfecto. El terreno era muy grande y desde todas las habitaciones de la casa, se veían árboles y plantas siempre verdes. A la pileta le daba el sol casi todo el día y al fondo,  estaba la parrilla semicubierta que continuaba con el quincho que estaba equipado como un departamento completo.

Habíamos terminado la secundaria hacía un mes. Eran las primeras vacaciones en las que me sentía libre. No tenía nada pendiente y la casa de Diego era perfecta para ese momento. Pasaba mis tardes tirada en el pasto y el sol me acunaba con su tibieza. Esa mañana habíamos estado dando vueltas por el barrio, buscando quintas de famosos. Hablábamos sobre el futuro, y sobre un viaje a Tierra del Fuego que íbamos a hacer antes de arrancar la facultad. Después, el calor nos empezó a sofocar y volvimos. Pusimos la sombrilla al borde de la pileta y nos quedamos dormidos hasta el atardecer, bajo la sombra.

Mientras Diego prendía el fuego me acerqué a la casa y la ví. El pelo canoso caía sobre la seda de su kimono. La luz tenue del velador era un imán para mis ojos, que veían todo como una película. Ella se agarraba la cabeza con las dos manos y yo trataba de saber qué estaba pensando. No parecía darse cuenta de que yo estaba ahí. Sus movimientos eran suaves y pausados. Escuché que Diego me chistaba. Pasaba por al lado mío para llevarle un plato con verduras asadas. Lo frené, lo besé y le dije al oído: “convencela de que venga a cenar con nosotros”. Saqué el plato de sus manos y lo llevé a la mesa.

Busqué una cerveza en la heladera del fondo. La noche estaba hermosa, una de esas noches de verano que traen olor a fuegos y a pinos. El humo blanquecino de las parrillas vecinas cortaba el azul profundo del cielo y se esfumaba en el viento apenas tormentoso. Me encantaba estar ahí, ser parte de ese mundo. 

Fui a la alacena para sacar los vasos y los vi venir. Su pelo era tan blanco que brillaba en la oscuridad. El kimono abierto apenas se movía con sus pasos. Greta se agarraba con los dos brazos del cuerpo de Diego que la traía despacio. Atravesaban el aire espeso como en una ceremonia.  

No podía recordar la última vez que la había visto al aire libre.

―Nena, no hace falta que abras tanto esos ojos.

Los tres reímos. Agradecí que rompiera el hielo.

―¿Cómo estás, Greta?

―Harta de estar viva.

―Mamá no digas eso ―gritó Diego desde la parrilla.

―Como si te asustara la muerte, hijo. Ya viste morir a la mitad de la familia y ni una lágrima largaste.

―Estás de buen humor. ¿Te sirvo algo más?

―No, así está bien. No puedo creer que sea el siglo XXI y ustedes sigan comiendo carne. ¿Y vos, nena? ¿No tenés conciencia ecológica todavía?

―Cada vez más, pero no sé. Me cuesta. Soy muy cómoda.

―Se nota.

Me sentí en falta. Incluso me dieron arcadas al masticar los bifes de cuadril. Aparté el plato. Tomé más de lo que comí. 

En un momento se cruzaron nuestras miradas. En realidad, fue Greta la que giró su cabeza para encontrarse con mis ojos que estaban clavados en ella desde que se sentó.

―¿Qué querés saber?

―Perdón, no quería incomodarte.

―No seas condescendiente. Decime de una vez porque pierdo la paciencia.

―¿Qué pasó?

—¿Con qué?

—¿Cómo fue que se desmoronó todo?

―Qué se yo, me cansé. Se me fue la chispa, las ganas. Me harté. Di todo lo que tenía para dar y ya.

―Bueno ―dijo Diego enojado. ―Si terminaron de comer, voy a lavar los platos y, de paso, no escucho pelotudeces.

Le pedí disculpas con la mirada, pero no podía, ni quería dejar de escucharla. Su voz era limpia, su forma de hablar te atrapaba con pausas y falsetes. Movía sus manos de piel transparente, llenas de pecas y arrugas, con delicadeza. Su mirada era punzante. 

―Cuando Fidel se fue con la chica esa tan mona que entró al estudio, fue un alivio. Al fin pude dejar de fingir, dejar de ser esa mujer que él esperaba que fuera. Dejar de tener la casa ordenada, la decoración impecable, moderna, siempre creativa. Hubiera sido perfecto que se quedara con esta casa, pero es tan bueno el desgraciado, que me la dejó a mí.

―Este lugar es hermoso. 

―Ya sé, nena. Lo inventé yo. Bueno, juntos en realidad. Es la casa perfecta para esa mujer que fui. Pero ahora no me sirve, no me gusta. Me abruma tanto verde. Tanto vidrio.

―¿Cuándo la terminaron?

Vi un brillo extraño en su mirada perdida. Agarró el vaso con las dos manos y se inclinó hacia la mesa, apoyando los codos. Con su índice derecho acarició el contorno siguiendo la circunferencia.

―¿La casa? La empezamos para olvidarnos del miedo que nos daba traer vida a este mundo. Yo estaba embarazada de Dieguito. Desconcertada como nunca en mi vida. No me gusta recordar esa época. Mi cabeza se llena de pájaros, de cuervos, de olor a semen y a vómito.

Greta hizo silencio y miró hacia los sauces.

—Hacer este proyecto me salvó la vida. La terminamos un mes antes de que naciera Diego. Esos nueve meses hubieran sido imposibles sin esta construcción. El embarazo es un hecho surrealista. Bailábamos como si fuera verano todo el tiempo. Dibujábamos los planos una y otra vez para olvidarnos de todo. Discutíamos sobre qué plantas poner en cada milímetro del jardín. Nos fuimos hasta Brasil para comprar esos helechos mágicos de Lota. Esos, los que están al lado de la pileta. Tuvimos que hacer el sistema de riego desde cero porque no existían las cosas que hay ahora. Tengo los dibujos en algún cuadernito. Pasamos unos meses inmensos. Nos sentíamos maduros y poderosos. De a poco fui tomando confianza sobre mi maternidad y cuando estuve lista, nos mudamos. Fue todo junto, el amor nació de nuevo y cuando fuimos tres se multiplicó por miles. Todo se volvió luz —le brillaban los ojos y su voz fue tomando un tono más firme. ―Nos excluimos un poco de todo el entorno del arte, de la noche y esas cosas, pero no nos importaba nada. Cuando Diego tuvo edad de ir al jardín, retomé mi trabajo con más ganas y mejores ideas. Todo era hermoso y armónico. Tan suave y amoroso que da asco. Irreal. No quiero contar esto.

―Parece una vida de película. Me cuesta creer que se derrumbó solamente por falta de ganas.

―Ay, querida. Sos medio lela vos. ¿Nunca se te acabó el amor por alguien? —Greta se desplomó sobre el respaldo de la silla.―Lo mismo pasa con la vida, llega un momento que ya no la querés más, que hiciste todo lo que te interesaba y ahora no necesitás más nada, que lo único que querés es descansar en paz. Mientras tengas esas ganas, ese brillo, tenés que hacer. No importa que seas feliz, infeliz, que estés asustada o espléndida. Hay que dejar el corazón en cada cosa que hagas, en cada persona que toques. Pero si se te acaba esa chispa, no te esfuerces por revivirla, porque no va a funcionar y todo se va a enrarecer.

Se levantó, dio el último sorbo a la cerveza caliente y se fue despacio, cruzándose el kimono como abrazándose a ella misma. 

Me quedé sola en la mesa, pasaron unos murciélagos gritando y me despabilaron. De golpe, toda la cerveza que había tomado se me hizo presente y empecé a tener conciencia de la espesura del aire. Cada movimiento me costaba, pensé en llevar los vasos sucios a la cocina, pero no me pude mover. Suspiré y me tiré a la pileta. Me sumergía y sacaba la cabeza mirando para arriba, tomando aire y peinándome en un mismo movimiento. Nadé hasta lo hondo para encontrarme con Diego que me miraba desde el borde, con pies y pantorrillas dentro del agua. Apoyé mis codos en sus rodillas y me estiré con la mitad del cuerpo afuera para darle un beso. Él no se agachó, así que intenté subir de un tirón pero tuve que apoyar la rodilla izquierda y me raspé con el borde. La noche se volvió extraña. El viento empezó a traer nubes negras y olor a lluvia.

―¿De qué hablaron? 

―Nada, pavadas. Me contó de la casa y de su embarazo.

―Entró como boleada a la cocina. ¿Te dijo algo de mi papá?

―Que se alivió cuando la dejó o algo así.

―¿Algo así? ¿Para qué la hacés hablar si ni la escuchás?

―Tiene una vida interesante. 

―Como mucho viste dos esculturas suyas. Lo que te fascina a vos es la decadencia.

―Sos un pelotudo.

Se paró, caminó hasta la reposera. Agarró la toalla y me la tiró. 

―Hoy quiero dormir solo ―me dijo con tono hosco.

Se quedó limpiando la parrilla mientras yo me cambiaba. Lo miré y no le pude decir nada. No quería irme. Entré a la casa para buscar mis cosas y me tiré en el sillón. Cuando entró Diego a traer el mantel, me hice la dormida. Escuché cómo suspiró de la bronca, pero es tan bueno que no me echó.

Me desperté en medio de la noche. Creí escuchar la puerta de la galería que se deslizaba abriendo los paneles de vidrio. Los truenos eran tan potentes que daban miedo. Todo se iluminaba con los relámpagos, el viento se arremolinaba entre los árboles y los álamos parecían caerse encima de la casa. Salí con la idea de fumar un pucho y la vi. Su pelo se alzaba en el viento. La lluvia era intensa, pero hermosa. La pileta seguía iluminada y una fuerza irresistible parecía atraerla hacia ella que caminaba errante, todo el tiempo a punto de tropezarse. Dejó caer su kimono que voló como una hoja seca. Tuve miedo, quise gritarle y seguirla, pero la dejé seguir. Se agachó para atarse algo en los tobillos y cayó de rodillas al suelo. A gatas fue bajando las escaleras recubiertas con venecitas verdes, pero una mano se le resbaló y la hundió en el agua. Me acerqué unos pasos. No alcanzaba a ver si estaba sumergida. La lluvia cambió su sonido, se hizo más suave y cada gota que caía, formaba un globo de aire sobre su cuerpo. El único gesto de supervivencia fue mover los brazos como si intentara apoyarse en el agua para levantar su cabeza, lo hizo dos veces y se agotó.

Quedé suspendida por unos minutos. Después caminé descalza por el pasto empapado, me dio frío pero seguí. Me acerqué lo suficiente como para ver.

Greta flotaba en la pileta boca abajo. Su pelo plateado se extendía y se deformaba por las pequeñas ondas que el viento hacía en el agua iluminada artificialmente. Vestida con una malla enteriza roja, sus piernas flacas y más blancas que la luna flotaban desparejas, como sus brazos que bailaban al ritmo de la tormenta. Su kimono había volado hasta los helechos. Me di vuelta girando desde la cadera y un relámpago iluminó toda la escena. Diego se acercaba corriendo. Lo ví en cámara lenta, me asusté. Pensé que me iba a matar, pero se tiró a la pileta para rescatarla. Grité. 

La sacó del agua con desesperación. La trató de reanimar. Me quedé quieta, mirando con cierta fascinación infantil. Deseé haberme ido cuando Diego me lo pidió, me maldije por caprichosa. 

No fui capaz de ayudar, solo atiné a buscar una toalla seca y llevársela. Diego me miró perdido, como un niño. No vi en su mirada ningún gesto inquisidor. La acostó en la reposera y me abrazó. Nos quedamos en silencio. La tormenta empezaba a alejarse y yo ya me sentía parte de la casa.