Cuatro casas, por Luciana Calveras Vall

Ilustración: Marta Biagioli

Entro a casa. El rechinar de la puerta me perfora los oídos y me hace doler los dientes. Pienso que ya es hora de que le tires un poco de aceite a las bisagras. Sostengo las llaves en el puño, flexiono el brazo como me enseñaste y apunto a la latita que está en el mueble de entrada. Caen con un tintineo perfecto. Me encanta ganarte en este juego que inventamos. Vamos embocando llaves, papelitos y tapitas en pequeños cestos distribuidos por toda la casa. Me hubiera gustado alguna vez verte jugar al basquet.

—¿Me viste? —te grito eufórica desde la entrada— ¿Viste como le emboqué?

—Sí, gorda, ya estás para la NBA —respondés desde el sillón.

Ni te diste vuelta, no podés despegar la mirada del televisor. Llegaste más temprano que yo y ya estás mirando uno de esos programas donde el invitado tiene que adivinar la palabra. Me acerco, me siento con vos y te doy un beso. 

—¿Qué estás comiendo? ¿Compraste algo?

—Sí, esto —me mostrás tu merienda perfecta: un paquete de papas fritas ya terminado y un juguito de naranja en caja.

—Ah, ¿y hay más?

—Fijate, creo que queda algo al final del paquete.

No me hace gracia el comentario, pero igual busco un par de papas rotas.

—Incomodidad —digo en voz alta.

—¿Qué?

—¡La palabra! Es incomodidad, ¿cómo es que todavía no la sacaron?

Te quedás callado un momento. Esbozas una sonrisa, que no termino de entender si me felicita o me está por matar. Me levanto despacio y me voy a la cocina. El departamento tiene dos ambientes, pero es lo suficientemente amplio para que los dos podamos estar solos. Saco unas milanesas del freezer y me pongo a cortar unas verduras. 

—¿Y si pedimos delivery? —me gritás desde el sillón.

—Ya estoy cocinando.

—Si pero después hay que limpiar todo y es una fiaca. 

Antes por lo menos me ayudabas. Me moría de risa cuando me preguntabas si con la carne picada iba a hacer milanesas. Las comidas más simples eran un misterio para vos. Me agarrabas por la espalda y me dabas un beso en la nuca mientras yo preparaba algo. En algún momento del juego, se me nublaban los ojos, un poco por la cebolla y otro por la excitación. Me gustaba tanto cuando usábamos la comida para calentarnos.

Tengo ganas de que sea fin de semana. Despertarme tarde, descubrir que preparaste café con leche, compraste medialunas calentitas y te pusiste a barrer. Tengo ganas de encontrarte semidesnudo bailando una de Michael Jackson en el living, usando la escoba de micrófono y filmándote en un video bizarro que después me vas a mandar. Ganas de que sean vacaciones. De que nos tomemos el barco otra vez y alquilemos ese autito blanco con el que recorrimos Uruguay de punta a punta. Me acuerdo cómo sonó tu te amo en la playa y la adrenalina que me estremeció el cuerpo. En un milisegundo me imaginé todo con vos: los viajes, la casa, los hijos, y lo que podría haber venido después.

Mientras se hace la comida me voy a bañar. Me encantaría que el agua salga más caliente pero ninguno de los dos tiene ganas de llamar al gasista para arreglar el calefón. Tengo bronca. Ahogo un grito sordo entre mis manos mojadas. Aprieto con toda mi fuerza tu pomo de shampoo anticaspa y lo vacío por completo abajo de la ducha. Me seco y me cambio rápido para ir a sacar las milanesas.

—Que rica la comida, amor —tu comentario suena sincero.

—Gracias. ¿Lavás vos, gordo?

—Uf, estoy re cansado. Mañana a la mañana los lavo.

Con una mueca me levanto para ir a la habitación.

—¿No venís? ¿Otra vez vas a ver esos programitas de palabras?

—Voy en un rato, gorda.

Me acuesto de mi lado de la cama, el derecho. A través de la puerta, la tele del living se escucha a todo lo que da. Te pego un grito:

—Bajá el volumen por lo menos, y ni se te ocurra mandar mensajito que sale un huevo.

—Ahora voy, amor, que descanses.

Ya ni me ilusiono con que esta noche vamos a garchar. Ni siquiera sé si tengo ganas, estoy demasiado cansada. Pero mañana va a ser otro día, como me decís siempre vos. Dejo las persianas abiertas, para que la luz que inunda este hermoso departamento me despierte y me den ganas de quererte, de intentarlo un poco más, de seguir proyectando y de preguntarme otra vez: ¿habrá algo más que esto?

Entro a la casa de Boedo, la que podría haber sido nuestra si nos salía el crédito. Pasé cerca por el laburo y se me ocurrió llamar a la inmobiliaria para que me la muestren de nuevo. Cuando la chica me invita a entrar le cuento que soy arquitecta y que no es mi primera visita. Me mira medio desconfiada pero cuando saco un cuadernito y una cinta métrica accede a dejarme sola.

Me vuelve loca el zaguán, ese espacio de recepción que ya no se encuentra en ningún lado. El living es bastante oscuro, pero me acuerdo de todas las ideas que pensamos para transformarlo. Discutimos un domingo entero sobre si tirar esas paredes o no: vos decías que se agrandaba el espacio y que la luz iba a ser inmensa, yo te contestaba que algún día íbamos a necesitar esa habitación extra. Dibujo en mi cuaderno otra alternativa. Marco con amarillo la pared a demoler, pero no va a ser la del cuarto sino la de la cocina. Con unas claraboyas en el techo ya debería entrar suficiente luz. 

El patio sigue tan descascarado como aquel día, un poco más por el paso del tiempo. Con unas manos de pintura, unas plantas y unas lucecitas se puede transformar. Pienso en unas birras con amigos acá y una pelopincho para los chicos en verano. 

Los baños no están mal, aunque hay que trabajar bastante. Picar pisos, paredes, levantar revestimientos. Los mosaicos graníticos deben tener un siglo. Son hermosos pero muchos se van a romper al sacarlos y va a ser imposible restaurarlos o conseguir reemplazo. Seguro hay que cambiar caños también. Quizás podamos recuperar el inodoro y bidet antiguos. Hago algunos esquemas para que entre la bañera, pero está difícil.

La cocina se va a agrandar cuando la integremos al living. En este espacio no pienso escatimar un solo peso en los materiales. Dibujo en el cuaderno una barra de mármol con banquetas altas, para no sentirme tan sola cuando cocino. Quiero revestimientos nuevos, artefactos de primera y una heladera grande de las dobles que siempre soñé.

Antes de salir, miro para abajo y noto la humedad de los muros principales. Arranca en el piso y sube unos treinta centímetros por las paredes. Es evidente que viene de los cimientos. No me había dado cuenta la primera vez que vinimos, quizás la habían tapado con pintura o yo estaba demasiado emocionada como para verla. Va a costar sacarla. Y no sólo plata.

Salgo y la chica de la inmobiliaria me espera en la vereda. Me pongo a dibujar la fachada con esos adornos rebuscados que tienen las casas antiguas.

—¿Sabes de qué son esas grietas? No las había visto—le señalo dos líneas onduladas que se cruzan en diagonal al costado de la puerta de entrada— ¿Serán estructurales?

—Son de la pintura, quedate tranquila —me responde la chica sonriendo. 

Entro al archivo 3D de la casa que estoy diseñando en el estudio. Es para una pareja joven. No los logro convencer con nada. Ella quiere algo moderno: un acceso en doble altura, hormigón a la vista, ventanas de hierro y parasoles de madera. Él está pensando en un chalecito como el que te querías construir vos en el pueblo de tu viejo, con tejas francesas, ladrillo a la vista y uno de esos ventanales que sobresalen en la planta baja. 

Ya no sé qué les estoy dibujando, voy como por el quinto proyecto pero no se ponen de acuerdo. Cuando el render es moderno y ella queda contenta, él mira con cara de desaprobación. Cuando le agrego a la casa un techo a dos aguas y ventanas clásicas, ella no dice nada, sonríe, le festeja la emoción a su marido, pero tampoco compran. Nunca discuten, sólo intercambian comentarios cordiales y ponen fecha para la próxima reunión. Tampoco preguntan por el presupuesto. No les importa cuánto gastar por la casa de sus sueños. Lo que no tienen en claro es si existe esa casa.

—Necesitamos un proyecto superador, arquitecta —me dijo mi jefe con un tono más desafiante que conciliador—. No podemos arriesgarnos a que se vayan a otro estudio.

Yo asentí y mentí que para mañana lo teníamos. Hace tres horas se fueron todos de la oficina. Lo tengo que cerrar hoy.

Intento mezclar las dos estéticas: una que mire al futuro y otra más clásica. El resultado es un cambalache. La fachada es de ladrillo a la vista, con hormigón en voladizo. Adentro puse un espacio en doble altura con ventanales, como quería ella, pero cerré la cocina, como pidió él. En la planta alta hay tres dormitorios con balcones hacia el jardín, en donde sigo tratando de ubicar la parrilla, la galería y el paseo de esculturas griegas que ella le prometió a su marido. La casa me parece horrenda y la construcción va a ser una pesadilla, pero quizás compran.

Ya estoy por sacar los planos finales. Tengo sueño, me duelen los ojos y siento un leve mareo de tanto orbitar el 3D. Mientras el programa exporta el archivo, empiezo a cabecear. Intento mantener la vista en el plano para no dormirme justo ahora. De pronto ya no estoy en la oficina, sino en un espacio negro, vacío. Estoy mirando a la casa, erigida en toda su monstruosidad. Frente a mis ojos, empieza a desarmarse, como si la estuviera arrasando un tornado lento. Las barandas se desprenden y se tuercen, se caen los balcones, los ventanales estallan en mil pedazos. A mi alrededor, el suelo se cubre de materiales desparramados sin lógica: plásticos, mármoles, maderas, ladrillos y polvo, mucho polvo.

Abro los ojos aturdida. La pantalla está negra. Muevo el mouse y no pasa nada. Cuando aprieto el botón de encendido, salta el mensaje. Se ha producido un error fatal, no se han guardado los cambios.

Entro a casa. Abro la puerta pesada que ya no rechina. Revoleo las llaves con mi técnica infalible y caen en el piso, donde solía estar el mueble de entrada. Dejo mis cosas sobre el colchón medio roto que puse en reemplazo del sillón de la tele. Lo llené de almohadones y lo cubrí con una manta naranja con elefantes. La traje del viaje que hice a la India para olvidarme de vos.

Voy a comer algo comprado para no lavar los platos. Tenías razón, ensucio demasiado. Pero antes de cenar, me voy a dar un baño bien caliente. Conseguí a alguien que nos arregle el calefón. El chorro de agua hirviendo me pega en la nuca y me quedo inmóvil, repasando y recordando. Se me vienen flashes de esa noche en que llegué del trabajo y en la casa ya no había nada. Estabas vos, ahí parado donde tenía que estar el sillón. Me mirabas con una cara que nunca sabré si era de culpa o de venganza. Yo empecé a recorrer el departamento, sin poder creer lo que veía: los tuppers que acomodaste en el piso al lado del microondas para llevarte el mueble, las dos sillas incoherentes que dejaste sin mesa, los cables de la tele colgando en la pared del living y de la habitación. ¿Para qué te llevaste dos teles? ¿Tan grande iba a ser tu nueva casa? Te habías llevado las toallas, los repasadores, el teléfono inalámbrico, los platos playos y los hondos, olvidándote los de postre. Después, mis gritos, la ira, la fiebre, los zapatos que salieron disparados a tu cara y nunca supe si te pegaron o no porque cerré los ojos. Todo eso vuelve en cada baño caliente. ¿Será porque lo primero que hice esa noche después de echarte fue encerrarme en la ducha a llorar? Como si me pudiera lavar con agua y jabón la angustia de haberme quedado sola, de que se quiebren todos los proyectos, no uno sino muchos, no nuestros sino míos. 

En los días siguientes me repetí que si no fue con vos ya no iba a ser. Y que si no va a ser, ya no lo deseo. Lloré tanto por esa familia que perdí pero que nunca existió, por esas casas construidas en mi mente que habitarán otros pero nunca yo. No podía ser tan difícil la rutina, tan pesada. Hoy me asusta la liviandad. Llegar con una mochila sin cosas a una casa que no tiene nada. Esa liviandad insoportable de que nadie te busque y nadie te espere. Una liviandad que voy llenando de a poco por miedo a perder la libertad que me queda. No sé por qué tardé tanto en comprar nuevos muebles. Había algo en ese vacío y esa desolación que me atrapaba.

En algún momento de la noche me voy a tirar en nuestra cama, lo único que me dejaste. Me voy a acurrucar en el lado derecho porque todavía no pude conquistar tu mitad, ni siquiera la parte imparcial del medio. Acostarme acá ya es un triunfo: por mucho tiempo preferí dormir en el colchón del living, por miedo a tus fantasmas. Me voy a hacer un bollito mientras siento frío y un poco de asfixia y voy a pensar que mañana va a ser otro día y que el departamento se va a inundar de vuelta de luz y de esperanza. Pero no puedo esperar hasta mañana. Agarro la caja de herramientas que te olvidaste y busco con desesperación la maza y el pico. Me paro frente a la medianera ciega y descargo toda mi energía sobre la pared de ladrillos. No me importan los gritos de los vecinos ni los pedazos que puedan caer a la calle. De a poco, voy penetrando el muro. Cuando no tengo más fuerzas, apoyo la cara en el agujero y me quedo mirando la noche de Buenos Aires: un sinfín de luces que parpadean y poco a poco se extinguen mientras todos se van a dormir.