Chicas en el paraíso, por Santiago Barzizza

Ilustración: Carolina Sevilla Bachiller Teruelo

Cuando Seba nos contó lo que le pasó a la salida del cine Ambassador fue como si nos hubiese llegado una señal a todos. Había ido con su viejo a ver Space Jam y en un momento en que el papá se distrajo, un tipo mayor se le acercó y le metió una fotocopia mal recortada en el bolsillo: Chicas en el Paraíso, Esmeralda 777

—¿Querés ponerla flaco?

Le guiñó un ojo, se dio media vuelta y desapareció. Seba se sintió todo un hombre y al día siguiente vino ansioso a contarnos.

—Es ahora muchachos, ya tenemos la veta. 

La presión de Seba se sumaba a la insistencia insoportable de Rama, que todas las tardes en la cortada repetía que nos íbamos a morir sin garchar. 

El primero en llegar ese sábado santo a la vieja YPF fui yo. Me senté en el cordón donde nos encontrábamos con los pibes cuando teníamos una movida particular. Había estado en mi habitación apurando el reloj hasta que no aguanté más y salí disparado. Creí que si avanzaba más rápido podía tener efecto en el resto, pero no. Llegué sólo y así me quedé un rato. Para que mi vieja no pregunte mucho le dije que iba a estar toda la tarde en el Ateneo, el club del colegio salesiano. Si ella pensaba que estaba ahí, se iba a quedar tranquila imaginando que jugaba al fútbol o estaba tirado panza arriba mirando el cielo.

Los segundos fueron Rama y el Topo, que eran vecinos. Rama era un lindo guacho. Siempre fue el que estuvo con más pibitas de todo el grupo y se jactaba de haber ido a coger en alguna oportunidad con los amigos de su hermano mayor. Al Topo le decíamos así porque era gordito, petiso y prácticamente no tenía cogote. Era el más callado de todos y fumaba sin parar. La madre lo tenía cagando y para nosotros eso era motivo de los comentarios más crueles, que siempre hacíamos por detrás para no herir sus sentimientos. La vieja chota se asomaba por el balcón y, sin que dijera nada, la calle se helaba. Todos mirábamos el piso. Él se levantaba y se mandaba a guardar. Cuando se cerraba la puerta de su casa estallábamos de la risa. Mucho tiempo después nos enteramos de que el Topo también había ido a coger, pero a diferencia de Rama nunca nos lo contó.

Más tarde, cagándose en la puntualidad, vinieron Pipa, Seba y Leo. Caminaban en línea, sonriendo y empujándose uno a otro a lo ancho de la vereda. Así el grupo se terminó de armar.

Ese 30 de marzo de 1996 unos presos se habían amotinado en el penal de Sierra Chica. Los noticieros transmitían en directo desde el lugar, comentaban sobre escenas de canibalismo y cabezas con las que jugaban al fútbol. Todo el país estaba en vilo con eso y nosotros tendríamos que haber estado en la cortada jugando algún picadito o fumando un pucho a escondidas. En cambio, nos sentamos en el banco de madera de la estación de tren de Bernal. Seis pendejos del conurbano que nunca parábamos de cancherear éramos atravesados por el silencio. Sentados bien pegaditos nos buscábamos con las miradas. Estábamos juntos, pero a ellos los notaba serios y yo me sentía solo. 

Para nosotros era habitual escaparnos los fines de semana a la capital. Lo vivíamos como una aventura. Subíamos al tren, combinábamos con el subte y llegábamos a lugares que no planeábamos. Podía ser la galería Bond Street a ver las vidrieras de los tatuadores o al Uggi´s frente al obelisco a comer pizza y tomar coca. La ciudad nos gustaba porque era la entrada a nuestros pecados. Cada viaje a lo prohibido nos alejaba de los niños que éramos. Llegábamos sólo para volver y volvíamos distintos. 

Me senté en los escalones de la puerta del tren agarrado a los estribos. Tenía el viento rebotando de lleno en mi cara, un cagazo terrible y algo que me brotaba en la cabeza y no me podía sacar: iba a garchar y no sabía nada sobre eso. 

Mi experiencia se resumía en una revista porno blanco y negro muy explícita y una película que habíamos robado del videoclub “Hawai”. Una donde un plomero con una pija gigante se encamaba con la dueña de la casa a la que le había ido a hacer un arreglo en la cocina. Las escondíamos en el hueco de un árbol de nuestra cortada y cada uno podía ir a buscarlas cuando las necesitaba.

Nunca, ni siquiera en los asaltos o en alguna de esas noches en que mis viejos me dejaban salir, había estado con una chica. Nada de besos, nunca un amor de verano de los que veíamos en las novelas juveniles de la tarde. Nunca un esa chica gusta de vos. Alguna vez me hice el canchero contando experiencias falsas de besos robados a escondidas, historias que siempre me habían pasado con otro grupo de amigos. Pero en realidad todavía era ese nene que disfrutaba de ver en la tele a los Supercampeones y que relataba el nombre de algún futbolista famoso cuando corría llevando la pelota en la canchita.

Viajé con miedo, con el corazón que amagaba y amagaba por reventarme el pecho y salir volando. Cada vez que el tren paraba en alguna estación entre Bernal y Constitución me daban ganas de saltar, salir corriendo y después ensayar algún chamuyo que funcionara como excusa. Pero no, la gastada que iba a llevarme si me escapaba evitaba que retrocediera. En el subte fue igual: subimos en Constitución y estuve con la cara pegada a la puerta todo el trayecto. No había nadie más que nosotros, teníamos a disposición una línea de asientos entera, pero nos quedamos parados y en silencio. Sentía muchas ganas de mear, de esas que cuando querés hacer no te sale. Sentía necesidad de vomitar y de que el tren no llegara nunca. Cuando finalmente se detuvo y apareció el cartel de la estación Lavalle, nos miramos. Me hubiese encantado quedarme inmóvil y que el subte arrancara, y estoy convencido de que a todos nos pasaba lo mismo porque con la puerta abierta nadie se movía. Otra vez fue Rama el que nos empujó.

—¿Van a bajar o les agarró el cagazo?

Lo hicimos por impulso, todos al mismo tiempo y así, un poco atolondrados, encaramos directo al Paraíso.

Apenas salimos de la boca del subte se nos abalanzaron un montón de tipos para ofrecernos variedades de propuestas que no entendíamos. La situación se tornó incómoda: nos seguían en manada respirándonos en la nuca, hablándonos al mismo tiempo. Nosotros caminábamos y mirábamos a Seba, que buscaba desesperado al tipo de la otra vez. Mientras más lo buscábamos mayor era la decepción, porque no estaba y sentíamos que se nos cerraban las puertas, pero Seba se plantó:

—Muchachos no vinimos al pedo. Sea donde sea, hoy es el día. 

Uno de los que nos seguía lo escuchó y apuró más los pasos que el resto. No le costó mucho convencernos de que lo acompañáramos. Aceptamos su oferta. El nuevo lugar también quedaba sobre Esmeralda, pero a otra altura.

Subimos con él por el ascensor en medio de un silencio aterrador. No tenía ni pelos en la pija y estaba a punto de coger por primera vez. Venía soñando con este día desde hacía mucho tiempo: iba a ser con Mica, la chica que siempre me gustó desde que empecé la secundaria. En mi casa, una tarde en que no hubiera nadie, en el sillón donde nos encantaba besarnos apasionados. Los dos ahí perdiendo la virginidad juntos de forma torpe, pero hermosa.

—Toquen el timbre B, no se van a arrepentir. 

El tipo nos dejó y se fue tosiendo risas. Nos recibió una linda mina, pero para nosotros un poco avanzada en años. Pasamos y pidió que esperáramos sentados en el living. No había nadie más y eso nos dio alivio. Era una sala amplia y oscura, iluminada sólo con unos hilos de luces de neón. Había un sillón cubierto de plástico y varias sillas. Colgado en una esquina, sobre un soporte de pared, había un televisor de 14 pulgadas prendido que sintonizaba Crónica y transmitía con placas rojas información sobre el motín. 

—Ahora se les presentan las chicas.

Desde ese momento habrán pasado unos 5 minutos en los que no apareció nadie. Estábamos nosotros y ella. La espera fue incómoda. Yo me desordenaba los rulos de un lado para el otro; Rama, que estaba sentado al lado mío, bailaba con el pie derecho; El Topo fumaba; Pipa se reía y movía la cabeza de adelante para atrás de forma repetitiva. Y cuando nadie lo esperaba, fue él quien rompió el silencio.

—¿No se puede pasar con vos? 

—No pibe, yo sólo estoy acá para abrir la puerta y acompañarlos a la sala —le contestó la chica de forma cómplice —Ahora las apuro —cerró.

Todos nos reímos. Esa situación nos sirvió para distendernos un poco. Fue la primera vez que alguien había armado una oración entera desde que bajamos del subte.  

Por fin entraron 3 chicas que se pasearon delante nuestro con su ropa interior fluorescente. Las dos primeras no me gustaron, eran frías, desinteresadas. Dijeron su nombre, dieron media vuelta y se fueron moviendo las caderas para que les miremos el culo.

—¿Qué onda, no tienen ganas de trabajar? —nos preguntó Rama en voz baja para que sólo escucháramos nosotros.

Cuando entró la última se iluminó todo. A diferencia de las otras dos, Hada se mostró tímida pero segura y eso la volvió hermosa. Apenas se presentó salté disparado.

—Yo paso con vos —le dije con la voz firme para que nadie se me adelantara.

Nunca fui un chico con valor, pero sabía que si iba a ser ese el momento, tenía que ser con ella. Esa seguridad en mi voz duró un segundo, porque cuando me agarró de la mano y sonriendo me llevó a la habitación, me volví a desarmar. 

—Es mi primera vez.

—No te preocupes y andá sacándote la ropa.

Yo era un nene pálido y debilucho con piernas flacas, casi ridículas. Con movimientos torpes, me bajé los pantalones y los arremangué a la altura de los tobillos. Me quedé parado con las medias y las zapatillas puestas. Sentía frío en todos lados menos en mi cara roja que ardía.  Ella me ayudó con la remera y cuando me tocó por primera vez sentí electricidad. Los calzoncillos me los bajé solo. 

Hada tenía el cuerpo joven y la sonrisa tierna. Su piel era muy suave y sus rulos negros y largos olían a Plusbelle de Manzana. Sacándose la bombacha, me susurró:

—Acostate.

Puso la mano en mi pecho y acompañó mi cuerpo hasta que quedó estirado sobre la cama. Las únicas veces que me puse forros fueron para hacerme pajas de lujo y me resultaba complicado. Hada lo hizo enseguida, lo apoyó sobre mi pito y lo deslizó con una facilidad que me dejó perplejo. 

Fue la primera mujer que vi sin ropa, por eso agradecí para adentro cuando me dijo que le dejara todo a ella. Se sentó sobre mí, me agarró el pito y lo ayudó para que entrara. Se quedó ahí, moviéndose arriba, contorneando su cuerpo que se iluminaba por el brillo de la luz que ingresaba entre las rendijas de la persiana de madera. Adentro de Hada me sentía tan bien como lo hacía en casa cuando llenaba la bañadera de agua tibia. Hada era cómoda. Mientras se movía arriba mío, tomó mis manos y las metió entre el corpiño y las tetas. Pude sentir sus pezones con mis dedos. Ella me ayudaba con el recorrido y sólo mostró resistencia cuando quise correrle el bretel por debajo de sus hombros. 

—No papi, ver ahí te va a costar más caro.

Yo estaba seco. Me dio bronca no verle las tetas y no tener más plata. Estaba saliendo todo bien y no quería que un detalle así empañe el momento. Alguna cara habré puesto, porque Hada inmediatamente acercó las distancias acariciándome con los dedos mi mejilla. 

Pasamos el rato siempre en la misma posición y acabé dentro de ella. Cuando notó que mis rodillas se comprimían y mi rostro se ruborizaba otra vez, pegó un gritito y puso sus ojos en blanco. Movió sus rulos primero para adelante y luego se los empujó con sus manos dejando su rostro descubierto. Me sonrió y se corrió de arriba mio en forma lenta. 

—¿Te gustó?

—Fue hermoso.

Tardé un rato en reincorporarme. Quedé tendido en la cama y me tapé el pito con las manos, tratando de acomodar mi respiración. Hada nunca me apuró. Mientras me levantaba los pantalones y me ponía la remera, con un tono de voz dulce, me preguntó mi nombre. 

—Me llamo Manuel.

Sacó un lápiz de abajo del colchón y lo escribió en la pared de madera, arriba de una lista de otros diez. Mi nombre quedó sellado en su pared con un trazo de letra tan linda como su cara. 

Antes de abrir la puerta, me despidió con un beso. Afuera me esperaban mis amigos que en realidad esperaban pasar con ella. Eso me ponía celoso, tenía miedo de que me saquen el primer lugar del podio de nombres. Me preocupaba por todos menos por Rama, que entró con una distinta porque no aguantaba más ni quería comer un plato ya comido. En la tele de la sala, el periodista de Crónica contaba cómo los líderes del motín negociaban con la policía. Todavía no se podía saber a ciencia cierta cuántas víctimas había. Atrás, los familiares de los presos y de los rehenes exigían por la integridad de sus seres queridos. Todos parecían estar atentos a la situación y era de lo único que se hablaba. Pero yo, en ese rato que veía pasar a uno por uno de mis amigos, no podía soportar la idea de que ellos tuvieran algo de plata extra y le vieran las tetas.

Al salir, nuevamente estuvimos en silencio. Otra vez nos metimos en la boca del subte y encaramos la vuelta. El primero en hablar fue Pipa.

—Che ¿puede ser que en la pared de la mina decía Manuel?

Esa pregunta me devolvió la calma y de a poco todos nos fuimos soltando. Volvimos a ser los cancheros de siempre, pero ahora con experiencia. En el tren nos sentamos en los asientos enfrentados a contarnos detalles.  Ahí me enteré de que Hada había escrito sólo mi nombre y también de que al resto no les había preguntado ni cómo se llamaban. Volví satisfecho.

Llegamos a Bernal anocheciendo. Para despedirnos fumamos un último cigarrillo entre todos en la esquina de la YPF. Nos separamos en el mismo lugar donde habíamos empezado. Antes de entrar a casa me paré en la puerta y me desarreglé un poco la ropa y el pelo para que piensen que había estado jugando al fútbol. Adentro, mi papá miraba la tele y mi mamá cocinaba. 

—¿Hasta qué hora se quedan jugando en el Ateneo?

—Hasta que nos echen o no se vea nada, má.

—Bañate que en un rato comemos.

Entré apurado al baño, me encerré y abrí la canilla. Mientras esperaba que se llenara la bañera, me saqué la ropa y miré mi cuerpo desnudo frente al espejo. Después me hundí en el agua tibia.