¿Seguís ahí?, de Agustina Arostegui

ILUSTRACIÓN: HORACIO PETRE

Las ramas del árbol chocando contra el vidrio me despiertan de la siesta que no planeé. En la tele, Netflix me pregunta por enésima vez ¿Seguís ahí?. No le respondo. El aburrimiento me pone ansiosa y ni siquiera tengo ganas de tocarme. Hace días que no estoy caliente. Es como si mis hormonas estuvieran en pausa, hartas.

Reviso el celular más por costumbre que por interés y encuentro tus mensajes. Reapareciste. Te pedí que no lo hicieras y no te importó. Entonces te ignoro. Sé que lo nuestro está podrido y hoy no quiero sufrir.

Pienso en hacerme un licuado, en comer algo rico. Necesito estar bien, generar mi propia felicidad. Quizá si me veo linda me sienta mejor. Tal vez si me obligo a salir, deje de pensar.

Me peino tirante y me ato el postizo de cola de caballo bien arriba. Soy diez centímetros más alta. Con el aplique de pelo lacio morocho me vuelvo infalible, me potencia como un Fernet el sábado a la noche. Me visto de rojo intenso.

Camino por Jonte hasta el puesto del Hawaiano que tiene las frutillas en oferta. Las cinco personas que esperan en fila me miran de arriba abajo. Soy como una historia de Instagram: no le importo a nadie, me ven por aburrimiento, porque estoy ahí. “Deberías recibir un premio por esparcir glamour” me dice el Hawaiano cuando llega mi turno. Tiene el pelo más largo, desalineado. Las bermudas sucias como de costumbre y la camisa de flores sin planchar. Sus palabras suelen alegrarme, pero hoy me dan igual. Espera que lo invite a casa esta noche, o cualquier otra. Él siempre está disponible. Yo prefiero irme con un kilo de frutillas, tres bananas y un boniato que reservó especialmente para mí. 

Con el viento de frente, la pelusa de los plátanos me entra en los ojos. Procuro que no se note y sigo caminando con estilo. Moviendo la cadera, con la mirada en alto. Pienso que sentirme mejor depende de mí. Llegando a casa el Pollero Dandy me grita “¡Reina!” desde atrás del mostrador y levanta un corazón de vaca ensangrentado a la altura de su pecho. Con la mano izquierda lo aprieta y lo afloja. Con la derecha lo señala. Calculo que imita un latido y que para él eso es un gesto romántico. La escena me deprime y  apuro el paso. 

Reviso el celular mientras espero el ascensor. Hay más mensajes tuyos. Insistís porque no te contesto. Me pedís que nos veamos, pero sos vos el que te fuiste. Ya te habías ido una vez, ya acepté que volvieras. Y me dejaste de nuevo. Es mi pecho el que no resiste el manoseo y tu indecisión.

Susy, la vecina del sexto, se acerca a esperar conmigo. Tiene la cara pintarrajeada. Los labios rosa chicle, sombra celeste brillante y el pelo blanco voluminoso, fijado con Robi. Irradia energía. Sé que va a sacar charla, que me va a comentar lo ventoso que está el día. Decido subir por la escalera.  “Vos siempre espléndida”  dice cuando paso por al lado suyo. “Vos también”, le contesto. Mientras subo al primer piso, me arrepiento de no haberle preguntado si se siente realmente bien.

En casa lavo las frutas sin ganas. Espero sentirme mejor con un licuado, aunque mis otras tácticas hayan sido un fracaso. La condena de tener que generar mi propio bienestar me pesa, pero no puedo dejar de intentarlo. Me llevo el licuado a la cama para seguir viendo tele. 

Hasta ayer Netflix me proponía “Seguir viendo” Breaking bad, la serie que mirábamos juntos. Hoy me sugiere “Verla nuevamente”. La terminaste sin mí y con mi usuario.

Elijo una comedia, a ver si me río un poco. Quiero contestarte, saber de vos pero también necesito ser feliz un rato. Dejo el teléfono boca abajo en silencio para no tentarme.

Me despierto sobresaltada. Por un segundo no sé dónde estoy. Ya es de noche y el árbol golpea el vidrio como si lo detestara. En la pantalla, la serie detenida y la pregunta “¿Seguís ahí?”.

Se corta la luz.

Me asomo por la ventana. En la vereda de enfrente hay dos personas mirando unos pisos más arriba de mi departamento. Veo algo de humo. Mi vecina del 1ero B que también está asomada me dice que me quede tranquila, que los bomberos están en camino. El incendio es en el quinto piso. No sé qué hacer. Por las dudas me acomodo el postizo, me pongo un pantalón, las sandalias, y en la cartera meto los documentos y la plata que tengo escondida.

Me siento en la cama y desde ahí escucho la sirena de la autobomba. Un rato después, cuatro o cinco bomberos entran al edificio y suben por la escalera.

Pienso en nuestro último viaje, en la hoguera de la playa y en el deseo que escribimos en papel. Lo echamos a las brasas y saltamos sobre ellas para que se cumpliera.

Los golpes insistentes en mi puerta interrumpen los recuerdos. Por la mirilla veo a un bombero y detrás una nube de humo espeso. “Ahí voy” le grito. Vuelvo a mirarlo a través de la puerta. Me gusta. Es alto y corpulento. Eso me pone contenta. Le abro y me dice que no me preocupe, que ya están apagando el incendio. “Por las dudas vamos a evacuar el edificio, te pido que salgas lo antes posible”.

No dice nada sobre llevarme en sus brazos. No me va a rescatar, ni voy a llorar sobre su torso desnudo y transpirado cubierto de ceniza. No vamos a charlar de todas esas cosas que seguro tenemos en común, no nos vamos a enamorar, ni vamos a tomar licuado juntos.

No voy a olvidarme de vos hoy. 

Le agradezco, pero él ya no me escucha. Le está avisando a los otros vecinos. Tengo que salir de acá sola.

Bajo por las escaleras mirando a mi alrededor como si fuera una película. Estoy atenta pero a la vez me siento ajena a lo que sucede. Tengo que ir con la corriente, pienso. Algunos de mis vecinos se ven asustados, otros simplemente me llevan por delante en su apuro por salir. Yo camino decidida. 

En la calle vemos el espectáculo del humo negro. El fuego parece extinto pero cuesta respirar. Reviso el celular y me escribís de nuevo “¿Estás ahí? Te veo en línea, solamente quiero saber como estás”.

Me desplomo en el cordón de la vereda. Sentada cierro los ojos tratando de contener las lágrimas, pero ya no puedo. Soy un despojo de lo que quiero ser. Me tapo la cara con ambas manos para que los demás no me vean. 

Quiero que el edificio se prenda fuego y la vereda se ilumine entera. Que las llamas entren por las ventanas de cada piso, hasta llegar a mi departamento. Que se incendien las cortinas, las sillas del comedor y el sillón donde nos quedamos dormidos por última vez. Que se queme el libro que nunca viniste a buscar, el poema que te escribí y la botella de Cinzano que guardo por si volvés. Que se destruya mi pieza, mi cama, la tele, la almohada que manchaste con ceniza y el viaje que soñamos pero te arrepentiste de hacer. Que se queme mi ropa, la máscara de pestañas y el outfit de cordura que intenté coser. Quiero que desaparezcas, porque alguna vez fuiste el hogar que me dió calor, pero hoy sos la llama apagada que me consume, me ahoga y me destruye por dentro.

Abro los ojos preocupada porque el ruido de los vecinos a mi alrededor se hace más fuerte. Me limpio el maquillaje corrido con los dedos y trato de entender lo que está pasando. Mi respiración se acelera.

Falta Susy. 

La gente hace silencio y mira hacia la entrada del hall del edificio, expectante, esperanzada. Por la puerta cruza el bombero. Tiene que haberla encontrado, pienso. Por detrás de él, una nube gris enmarca su figura y su cuerpo erguido. Camina en cámara lenta, como un actor de cine y la luz de la vereda ilumina su cara angulosa, dejando ver sus cejas gruesas y los ojos verdes almendrados. Su mirada recia se clava en el horizonte. Sus brazos fuertes están vacíos. No la lleva a Susy. Ella no lo apretuja, ni lo mira embelesada.

Me levanto de la vereda, no puedo aceptar la derrota ni seguir esperando. Con las fuerzas que no tengo, corro hacia el edificio. Un policía grita que me detenga e intenta atajarme. No me alcanza. Subo las escaleras agitada. La adrenalina no frena mis pensamientos. Sé que estoy en peligro, que estoy inhalando gases tóxicos. Tengo miedo de estar cometiendo un error y a la vez sé que tengo que subir. Porque yo la vi subir. 

Escucho ruidos extraños, creo que hay alguien detrás mío, pero no me quiero arriesgar. No freno a pedir auxilio. Apuro el paso, logro llegar al cuarto y luego al quinto piso. El aire a esta altura es oscuro y espeso, casi no puedo ver. Los ojos me arden, me cuesta respirar. No puedo darme por vencida, falta muy poco. Me arrastro agarrada a la baranda hasta llegar al sexto piso. 

“¡Susy abrime, tenemos que salir!”
No hay respuesta. Golpeo su puerta, me lastimo las manos.
“¡Por favor abrime, te lo ruego!”
Pateo la madera. La empujo con el brazo haciendo fuerza con todo el cuerpo, como si existiese la posibilidad de poder romperla.
“¡Susy, no va a venir nadie a salvarnos, no podemos seguir acá!”.
Me deshago en lágrimas. 

La puerta se abre. Susy está cubierta de ceniza como yo, asustada. Nunca la vi tan vieja, desalineada y destruida. La agarro del brazo y bajamos juntas. No decimos nada, usamos la energía que nos queda para respirar, para sobrevivir. Avanzamos despacio. El aire se vuelve un poco más liviano, lo siento en los pulmones. Al llegar a la planta baja la oscuridad se disipa. Podemos ver las luces de la calle y a la gente que nos mira. Solo nos queda salir, pero todavía tenemos miedo.

“Somos un mamarracho nena”, me dice ella.
Asiento con la cabeza y sonrío.